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EDITORIAL

Una copa más

La participación en la Copa de Oro exhibió las graves fallas estructurales de este deporte en cada campeonato
Los aficionados esperan que, ahora, tras el fracaso, sobrevengan el análisis, la deliberación y la rectificación hacia el Mundial del 2010


Sobre la Selección Nacional de futbol bajó el telón, el domingo pasado, en el certamen de la Copa de Oro en EE. UU. La participación de nuestro seleccionado merece un análisis responsable. Al menos, esto es lo que dictan el buen juicio, el respeto a los aficionados y el propio historial del futbol nacional, tan arraigado en el país y, a la vez, tan refractario a extraer experiencias provechosas de sus logros y de sus fallas en las competencias internacionales.

Sin esta labor de análisis, deliberación, rectificación y planeamiento, como en otras actividades del país, siempre surgirá una frontera que no se podrá sobrepasar. Es de vieja data la sentencia de que no avanzar es retroceder. Es el camino de la mediocridad, aunque, de vez en cuando, para contento –y olvido– de los aficionados y de los dirigentes se conquiste alguna presea. Lo dicho plantea una pregunta fundamental: ¿qué provecho extrajo el futbol nacional, para superarse, de su participación en los campeonatos mundiales de Italia, en 1990, de Japón y Corea, en el 2002, y de Alemania, en el 2006? Con excepción del honor conquistado, no quedaron semillas de superación. Prueba de ello fue la exhibición lamentable en Alemania que, por cierto, no fue motivo de un análisis esmerado y, mucho menos, de las necesarias rectificaciones en el futbol nacional. Tampoco lo son los campeonatos nacionales anuales. La pátina de la rutina lo recubre todo.

La Copa de Oro, de confuso origen, no goza de mucho valimiento internacional y no hay duda de que es muy rentable, en alas de la inmigración, lo que explica no pocos extravíos en su organización y realización. Sin embargo, se trata de una competencia institucionalizada y, si se acepta participar, se debe proceder con decoro y capacidad. En esta ocasión, si, tras el menoscabo financiero sufrido, tampoco se somete a severo examen el penoso juego realizado, junto con los errores de la dirección técnica, sin complacencia alguna, la derrota será doble. Este examen supone, obviamente, ahondar en las causas mediatas e inmediatas de estas repetidas malas presentaciones, visibles sobre todo en aspectos básicos del futbol practicado y también en el liderazgo moral del equipo técnico. El lenguaje usado por el director técnico frente a los jugadores, tal como lo transmitió el canal 7, días antes del partido con México, no debe tolerarse jamás.

Se ha censurado sin miramientos al árbitro del partido con México. Así debe ser, máxime cuando el aficionado tiene que decidir entre la mala fe o la ignorancia. La crítica debe extenderse a los organizadores, quienes sí saben lo que hacen en la selección de los árbitros. Esta carencia de profesionalismo arbitral no debe servir, sin embargo, de pretexto para encubrir los errores cometidos, algunos, repetimos, de falta de escuela o desconocimiento de los aspectos básicos del futbol, comunes en nuestro prosaico campeonato. Si reiteradamente chocamos con la misma piedra, pese a las ilusiones suscitadas en estas competencias internacionales, las causas de las desilusiones no se pueden achacar, como se estila en otras actividades nacionales, a factores externos o a malsanas conspiraciones. Tenemos que madurar.

La cuestión de fondo es que el futbol se ha convertido en un agente singular de globalización, está profundamente enraizado en el país y, como tal, representa un poderoso movilizador social, un agente de identidad y de unidad, y una poderosa fuerza cultural. Vale la pena, entonces, cuidarlo, ordenarlo y potenciarlo aún más como diversión, como empresa, como factor de prestigio y como escuela.

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