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El clamor de Limón El desfile pacífico y la legitimidad de las demandas, el jueves pasado, exigen una reacción concreta y seria del GobiernoLos problemas de Limón se han usado con fines políticos e ideológicos. Es hora de cambiar de actitud y de métodos Unos 10.000 limonenses, cansados de la violencia, del auge de la criminalidad, de los problemas sociales y de otros hechos que afectan la imagen de su provincia, desfilaron anteayer por las calles del cantón central. La actividad fue organizada por el Comité de Educación de los circuitos 01 y 02 de Limón y otras entidades, y en la marcha participaron estudiantes, personas de la tercera edad y representantes de todos los sectores e instituciones de la provincia. Al final, los ministros de Educación y de Seguridad Pública se reunieron con dirigentes de la comunidad para atacar los problemas expuestos y dar una respuesta eficaz a las legítimas demandas de la gente. Atendemos con nuestra información de ayer y con este editorial la solicitud de algunos dirigentes limonenses de destacar esta nueva actitud pacífica y henchida de responsabilidad y de espíritu de solidaridad para resolver los problemas de Limón. Correspondemos a esta petición por la trascendencia de los asuntos planteados, acumulados por mucho tiempo y, ahora, agravados por la violencia, así como por la urgencia de acometer su solución con sentido integral. No hemos quitado el dedo del renglón frente a los diversos problemas sociales de la provincia de Limón. Hemos denunciado la violencia creciente y el socavamiento constante del Estado de derecho, de parte de algunos grupos; el egoísmo gremial, la pésima gestión de Japdeva, la explotación de las desventura de la provincia con fines ideológicos y políticos, y la falta de unidad ante sus graves desafíos. Los problemas de Limón se han mediatizado, como expresamos, para sacar tajada política o ideológica. Los acuerdos entre el Gobierno y los gremios han servido para poner fin a una situación de ilegalidad o de violencia, no para emprender la solución de sus calamidades internas. De esos acuerdos un grupo de dirigentes políticos y sindicales obtuvieron o incrementaron sus beneficios, pero los habitantes quedaron al margen. Esta estrategia, como lo manifestamos en diversos editoriales, debe cambiar radicalmente. Este propósito social y ciudadano se logrará cuando, como anteayer, sean la paz social, la justicia y el progreso de la provincia los factores de unidad de la gente, al margen de intereses personales, políticos o gremiales. La manifestación de anteayer señala, entonces, el camino recto. Hicieron bien, por ello, los representantes del Poder Ejecutivo en reunirse de inmediato con los dirigentes. Este primer diálogo debe ser el principio de este anhelado cambio de actitud y de métodos. A este encuentro debe suceder una estrategia política de responsabilidad y de acción eficaz por la provincia de Limón, angustiada por el acoso de la violencia y de la criminalidad que, si bien no reflejan, en modo alguno, la realidad moral y espiritual de la provincia, ponen de manifiesto la despreocupación y hasta el abandono sufrido por tantos años. Los problemas se han acumulado y, ahora, el enfrentamiento es con la mafia, que ha de atacarse en forma directa, inteligente y enérgica, y, al mismo tiempo, con los problemas sociales de la provincia. No hace falta insistir sobre la magnitud del reto para el Gobierno de la República y sobre la obligación cívica, legal y moral de dar cumplimiento a las promesas empeñadas con la provincia de Limón. El problema está ahí en las calles, las casas, las empresas y las instituciones. La dignidad, el sentido cívico y la confianza democrática con que desfilaron los limonenses, el jueves pasado, merecen una respuesta de igual contenido e indiscutible eficacia. No hay pretextos.
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