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Foto Principal: 917386
/LA NACIÓN

Desde Alejandría…

Un llamado de atención dirigido a la colectividad costarricense

Amalia Chaverri


El incendio de la Biblioteca de Alejandría, en su momento una de las más grandes del mundo y cuyo espacio se dice que albergó bastante más de medio millón de obras catalogadas, es uno de los hitos históricos más conocidos y recordados. Muchos estudiosos se han abocado a esclarecer detalles de esa destrucción, a dilucidar la dimensión de las instalaciones, a cuantificar el tamaño del acopio y muchas otras variables; todo ello, que ha dado pie a contradicciones, no ha puesto en duda su existencia. Es, y sigue siendo, símbolo de un momento trágico de la cultura universal: la desaparición de una gran parte de la memoria, la sabiduría, la literatura, el arte, la filosofía y el conocimiento de la época. Y los símbolos –que no son gratuitos– tienen su fuerza en ser portadores de los sentidos y valores que los grupos sociales cristalizan en el marco de las diversidades culturales.

Tal es la vigencia que en la memoria universal ha tenido este suceso –convertido en símbolo– que 1.600 años después, en el 2003, la Unesco, con esfuerzo económico de países europeos, americanos y árabes, inauguran, también en Egipto, con un presupuesto de $230 millones, una biblioteca con el mismo nombre, destinada a tener 20 millones de libros.

En 1988, importante ejemplo, François Mitterrand anuncia “la construcción y la organización de una de las más grande y más moderna biblioteca de mundo, la cual deberá cubrir todos los campos del conocimiento, estar en la disposición de todos ellos, utilizar las tecnologías más modernas de transmisión de datos, poder ser consultada a distancia y ponerse en relación con otras bibliotecas europeas”. Nace así en París una sede con su nombre, parte de la Biblioteca Nacional de Francia (BNF).

No gratuitamente, en el espacio cibernético, aparece este pensamiento de Carl Sagan: “Cuando nuestros genes no pudieron almacenar toda la información necesaria para la supervivencia, inventamos lentamente los cerebros. Pero luego llegó el momento en el que necesitamos saber más de lo que podía contener adecuadamente un cerebro. De ese modo aprendimos a acumular enormes cantidades de información fuera de nuestros cuerpos. Según creemos, somos la única especie del planeta que ha inventado una memoria comunal que no está almacenada en nuestros genes ni en nuestros cerebros. El almacén de esta memoria se llama biblioteca”.

Foto Flotante: 1630815
/LA NACIÓN

Centros culturales. Como guardianas de la memoria, las bibliotecas, más allá del formato de sus archivos son una forma de resistencia al devenir del tiempo. Desde la forma tradicional de libro –como unión de partes planas y flexibles, llamadas todavía hojas por su relación con el árbol e impresas con signos de pigmentación oscura–, hasta el formato digital de hoy, el de los libros narrados, y todo lo nuevo que nos deparará la tecnología. En las culturas africanas, cuando se dice que con cada anciano se muere una biblioteca, es un elogio a la tradición oral –a falta de tradición escrita– por asir el pasado para no perder la memoria. Tan importante como lo anterior, y función de las bibliotecas públicas es: funcionar como centros culturales, de información y educación, en sus respectivas comunidades.

Desde una mirada subjetiva, cuando entramos a una biblioteca nos surgen dos sensaciones: una, contemplar los libros cerrados, ordenadamente colocados, sin saber, en ocasiones, cuál es el secreto que contienen en su interior; la otra, la sensación, al abrirlos, de descubrir su sabiduría, su ciencia y su caudal imaginativo, propio de la literatura. En las bibliotecas nos sentimos como en una especie de lugar sagrado donde cohabitan y cohabitarán el pensamiento, la investigación, la inspiración y la imaginación, de autores que ya no están con nosotros, de los que dichosamente están y de los que vendrán.

Por todo lo anterior, el artículo enLa Nación el 21 de abril sobre el estado de nuestras bibliotecas, si bien es desolador, es un llamado de atención a la colectividad costarricense. El problema es serio y muy antiguo, por lo que es imperativo afrontarlo. Más que recriminar al pasado, es necesario plantear apoyos posibles, tanto de los ciudadanos como de las comunidades que cuentan actualmente con una biblioteca.

Estado y sociedad civil. Una opción que aventuro es el esfuerzo conjunto entre el Estado y componentes de la sociedad civil. Y cuando se habla de Estado, se piensa, entre otros, en los poderes locales –municipalidades– que, según el artículo 182 del Código Municipal, deben destinar a las bibliotecas un porcentaje de las ganancias que recoge. Cuando se habla de componentes de la sociedad civil, se piensa en alianzas estratégicas (concepto muy mentado hoy) entre esos componentes y las entidades estatales –municipalidades u otras– en aras de encontrar una figura jurídica que posibilite agilidad en los procedimientos, captación de recursos y otras opciones, para que ambos espacios –público y privado– sean partícipes de la sostenibilidad de su respectiva biblioteca.

La necesidad del rescate de las bibliotecas como guardianas de la historia nos recuerda cuando Eugenio Rodríguez, en su textoDebe y haber del hombre costarricense (1954), dice: “El costarricense es un pueblo sin tradiciones. Vive en su presente con pocas inquietudes por su futuro y casi ninguna devoción por su pasado…”. Y le hace eco Constantino Láscaris, enEl costarricense (1975): “Pero es muy de tener en cuenta, además, y especialmente, que el costarricense no ha desarrollado la llamada conciencia histórica”.

Es posible –y necesario– revocar esas sentencias. La toma de conciencia sobre el destino de las bibliotecas como guardianas de la memoria y servicios culturales a la comunidad, debe preocuparnos a todos; y, no olvidar que afianzamos nuestra identidad cuando tenemos memoria, y, para eso, no cabe duda de que las bibliotecas son un tesoro disponible.

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