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Labores diarias de mujeres indígenas reflejan tradición Les corresponde construir ranchos, cultivar la tierra y atender a los hijosGuían el hogar y realizan trabajos ‘de hombres’ para llevar sustento a sus casas Gabriela Gätjens Corresponsal Talamanca, Limón. Cinthya lleva el sustento a su familia cargándolo en su pequeña espalda. Ella, una niña cabécar, sostiene un racimo de banano verde y camina sin desviar del trillo la mirada. Delante va su madre con otro racimo y lleva guindando de sus caderas un niño de escasos cuatro meses. En distintas zonas de Talamanca, las mujeres indígenas cargan sobre sus hombros una tradición cultural que las convierte en el bastión del hogar. A ellas les corresponde construir ranchos, cultivar la tierra, atender a los hijos, moler el cacao y, a veces, caminar horas o días enteros para llevar a los niños a la consulta médica, algo que ocurre cada dos o tres meses. Al llegar a la vivienda que alberga a seis personas, Cinthya y su madre atizan el fuego y empiezan a pelar los bananos que más tarde se convertirán en el almuerzo de toda la familia. Cada salida para conseguir el alimento les toma más de media hora de camino entre la montaña, hasta llegar a donde tienen los plantíos de maíz, arroz, frijoles, y una que otra mata de chayote.
Esfuerzo. Aunque la timidez es característica innegable en estas mujeres y casi ninguna, en Alto Telire, sabe leer ni escribir, no le niegan una sonrisa a nadie. “Aunque las labores que hacemos son cansadas, desde pequeñas nos acostumbramos. Se nos ha hecho normal caminar mucho, porque aquí no hay de otra”, comenta en voz baja, y con sonrisa nerviosa, Analía López Marín, de 18 años. Su compañero sentimental, Gilberto Morales, espera a que Analía termine de hablar para señalar que las mujeres son trabajadoras. “Aquí, todas saben trabajar desde antes de los nueve años y siempre nos ayudan con todo. La mayoría siempre anda con carga y con un hijo en la espalda y otro agarrándolo de la mano”, dice Gilberto. Agrega: “A mí me gustaría tener unos 20 hijos más (son padres de una bebé de cinco meses)”. Mientras, su compañera abre los ojos, suspira y luego ríe moviendo la cabeza para dar a entender que no quiere parir tantas veces. Fortaleza. Horas más tarde, en el Bajo Piedra Meza, un grupo de hombres juegan fútbol. Mientras ellos perseguían el balón, una joven doblaba su espalda para limpiar con el machete el camino hacia la plaza. Cuando el sol comienza a esconderse, ellas regresan a sus ranchos y después se divisa un hilo de humo saliendo del techo. La comida de la noche marca la hora de descansar; luego vendrá un nuevo día, pero con escenas muy similares a las del día anterior.
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