|
|
|||||
|
|
En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Nuestro Gobierno, al establecer relaciones con China –escribió ayer Patricia Rodríguez en esta sección– se decidió por el desarrollo y no por el inmovilismo. El desarrollo supone, por supuesto, apertura, de la mano de una profunda reforma interna, lo que el presidente de Francia llama ruptura (con lo malo y hacia lo mejor). Este camino –para citar algunos pasos– se comenzó a transitar en el siglo XIX, en alas del café y de sus pioneros; se abrió comercialmente hacia Centroamérica en el gobierno de don Chico; fue pensamiento y enseñanza con don Pepe y otros; alzó vuelo en el gobierno de Luis Alberto Monge (acharita que, luego, lo cegó la animosidad política, atizada por malos amigos), se fortaleció en la primera administración Arias, se encarnó en diversos TLC con Calderón, se profundizó con José M. Figueres, al cerrarse el monopolio de las cuentas corrientes y abrirse a la tecnología de punta; se redondeó con el actual TLC en el gobierno de Pacheco (que, de inmediato, tiró la toalla), con el que estamos lidiando aún, tres años después, y ha llegado a su cumbre en el actual gobierno con la promoción de este tratado y la apertura a China, todo lo cual supone los esponsales con la agenda de implementación y la agenda complementaria de reforma interna. (Algún día ha de escribirse la verdad sobre la cultura de apertura –primero mental y cultural– de nuestro país y del proceso contrario de inmovilismo de algunos sectores, como en estos años, arraigado en un falso patriotismo). La decisión, por ello, del Gobierno de Arias de establecer relaciones diplomáticas con China, como lo fue, en su tiempo, la determinación de don Pepe de hacerlo con la URSS, significa ver alto y remar mar adentro. La historia y la cultura tienen imperativos propios. Recuerdo unas reflexiones de don Pepe sobre la visión de la Iglesia Católica (universal), maestra experimentada en los procesos de apertura. Este universalismo, sin acepción de enemigo o de amigo, de ideología o de fe, comenzó en la Iglesia de inmediato, como mandato expreso de Jesús, metiéndole las cabras al mismísimo imperio romano). Este dramático proceso supone –insistimos– profundos cambios internos (metarritmisis, lo llamaba Unamuno, y conversión, los padres del espíritu) que, por décadas, hemos venido aplazando. La apertura, como todo acto de libertad, exige una potente fuente interna de irradiación, esto es, de reforma interior –espiritual, cultural, económica, moral– para competir y progresar sin perder la propia identidad. Esta debe ser, más bien, nuestro aporte a la universalidad. Sin miedo y sin tacha.
|
|
|||
|
© 2007. GRUPO NACIÓN GN, S. A. Derechos Reservados. Cualquier modalidad de utilización de los contenidos de nacion.com como reproducción, difusión, enlaces informáticos en Internet, total o parcialmente, solo podrá hacerse con la autorización previa y por escrito del GRUPO NACIÓN GN, S. A.
Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com Apartado postal: 10138-1000 San José, Costa Rica. Central telefónica: (506) 247-4747. Servicio al cliente: (506) 247-4343 Suscripciones: suscripciones@nacion.com Fax: (506) 247-5022. CONTÁCTENOS |