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En el filo de la navaja La autodestrucción del ser humano es una posibilidad a un plazo cercanoCarlos M. Echeverría E. cmecheverria@yahoo.com El tiempo se acaba en un minúsculo planeta del casi desconocido e infinito cosmos. El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por las siglas en inglés) ha advertido recientemente lo que ya nos adelantó el laureado doctor Lester Brown en su libro Plan B 2.0 . Ahora es la National Geographic Magazine la que enciende la luz de alarma refiriéndose a la aceleración del deshielo en montañas, islas y mares. Hoy es prácticamente aceptado en todos círculos estudiosos que la actividad humana es responsable de un aceleramiento desmedido y creciente del cambio climático global, que puede traer beneficios de corto plazo a algunas latitudes, pero que en el mediano y largo plazo genera una descompensación de tal magnitud, que arriesga seriamente la vida en la Tierra como la conocemos; la autodestrucción del ser humano es hoy una posibilidad a un plazo cercano. La naturaleza del hombre ha de ser la de promover y prolongar la vida en todas sus dimensiones. En el larguísimo plazo, el Sol se apagará, como se apagará la Tierra, y la vida, tal y como la conocemos hoy, desaparecerá. Sin embargo, ¿por qué adelantar ese proceso cuando hay soluciones que nos encaminan a detener, o al menos menguar a niveles sostenibles, el efecto pernicioso que la humanidad está generando? Afrenta a la humanidad. La problemática es delicadísima y, aunque el meollo del asunto está en el calentamiento global generado por los gases de efecto invernadero que producimos y el consumo de energía a base de petróleo y carbón, aquella se agrava por la interrelación “holística” prácticamente entre todos los aspectos fundamentales que afectan la vida humana y viceversa. Nos estamos quedando en el ámbito mundial sin agua dulce natural; los desiertos avanzan, los bosques captadores de gases del llamado “efecto invernadero” se acaban, la desaparición de ciertas especies vegetales y animales rompe la cadena alimentaria necesaria para que los animales que están al final, como el ser humano, puedan sobrevivir. La prevaleciente pobreza, aun en países desarrollados, no solo es una afrenta a la propia humanidad, sino que, siendo efecto, se convierte en una causa del problema que estamos tratando. Los expertos que han denunciado la emergencia están de acuerdo en que, estando “en el filo de la navaja”, todavía hay tiempo, a un costo alto aunque manejable, de llegar a niveles de cambio climático aceptables para que la vida en la Tierra pueda evolucionar y perdurar como es deseable. No solamente se trata de desarrollar fuentes de energía renovables y, por supuesto, mucho menos contaminantes; se trata fundamentalmente de transformar los modelos de consumo y la producción que los abastecen, lo que conlleva cambios de actitud importantes. Hay que promover un uso más racional y austero de los recursos y privilegiar las necesidades de los muchos que menos tienen en el mundo, pensando prioritariamente en abastecer sus necesidades básicas y, paralelamente, en crearles oportunidades de sostenimiento y desarrollo personal. Es una responsabilidad que no podemos eludir. Convencimiento y acuerdos. Pasar de la teoría a la práctica va a ser difícil; va a requerir primero un convencimiento que creo ya se está fraguando y grandes acuerdos de la humanidad, para enfrentar las grandes contradicciones, muchas de ellas de índole filosófica, que necesariamente deberán resolverse. Sin embargo, hay medidas prácticas relativamente fáciles de tomar, y cito una sola entre decenas que me llamó la atención: el eliminar en EE. UU. todas las bombillas de luz incandescente, por las modernas que, dicho sea, son más duraderas, equivaldría a sacar de circulación 800.000 vehículos en cuanto a su impacto atmosférico. El desarrollo de los mercados de carbono, el buen uso y desarrollo de la capacidad científica y la tecnología, la competitividad con sostenibilidad ambiental y privatización de costos hoy socializados; la transformación de las ciudades y la relación equilibrada entre lo urbano y lo rural promoviendo mejores asentamientos humanos y polos de desarrollo; el buen Gobierno en sus diferentes dimensiones incluyendo la supranacional, por supuesto; la prevención del conflicto y, cuando se dé, su solución por medios pacíficos; un sector privado organizado y muy ético; y, entre otros más, un sector laboral comprometido, son claves para avanzar en la dirección correcta. Costa Rica, con sus condiciones y bien ganado prestigio internacional, está en una posición favorable para, con el ejemplo y la prédica, influir sobre el apremiante tema.
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