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Opinin Roberto García rgarcia@nacion.com Periodista ¡Cómo pasa el tiempo¡ Hoy hace exactamente 17 años (también fue un lunes y parece que fue ayer), el 11 de junio de 1990, Costa Rica debutó en el Mundial de Italia 90 con una sorpresiva victoria ante Escocia por 1 a 0. La anotación de Juan Arnoldo Cayasso no solo sacudió las redes del arquero Jim Leighton; también pulverizó la lógica y los sesudos pronósticos de los expertos. Igual que lo hicieron miles de costarricenses, al final de aquella mañana me ubiqué frente al televisor con mi pequeño hijo, Javier Roberto, en los brazos. Ambos estábamos solos en la casa y yo con el encargo de cuidar al chiquito de año y seis meses, aunque, claro, por nada del mundo me podía perder el partido. ¡Se movió la pelota! En un santiamén, los escoceses nos invadieron por el flanco izquierdo, driblaron a German Chavarría y, en menos de lo que canta un gallo, Luis Gabelo Conejo solventó el drama al atenazar un centro peligrosísimo. Fue el primer susto; también, la primera emoción del juego. Ya en el segundo tiempo, en el 49’, el Machillo Ramírez le sirvió un pase a Héctor Marchena. Recuerdo que el recio defensor dudó entre centrar o avanzar, hasta que optó por una diagonal de la derecha al centro, con balón dominado (como decimos “los que sabemos de estas cosas”), tocó en corto para Claudio Jara, taquito sensacional y pase a Juan Arnoldo… … ¡El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos! , reza una canción de Pablo Milanés. Diecisiete años más tarde, al evocar las imágenes de aquel lunes inolvidable, estas vuelven nítidas a la retina y electrizan el corazón. ¡Y otra vez la piel de gallina! ¡Y otra vez el grito! ¡Y de nuevo el torrente! Jim Leighton intentó el achique en el mismo instante en que el extraordinario mediocampista elevaba la bola sobre su cuerpo. ¡Qué golazo, Juan! Loco de felicidad, corriste hasta un costado del campo y te volviste de súbito a recibir el abrazo de tus compañeros. Entonces, la señal televisiva transmitió al mundo una sonrisa a todo lo ancho de tu piel. Mientras tanto, a miles de kilómetros, de pie, pegado al televisor, con los nervios de punta, las manos crispadas y la emoción en un trance que duró hasta el pitazo final, ¡se me olvidó el chiquitín! Solo Dios supo en qué momento, el carajillo se me escapó de los brazos, desperdigó la bolsa de las verduras por el piso, entre la cocina y la sala, y mordisqueó todos los tomates, que se veían rojos y enteros, salvo el que destripé al sentarme y volver a la realidad.
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