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Al Grano Édgar Espinoza eespinoza@nacion.com Uno nunca, ni muriéndose, se cansará de las mujeres. Por qué, no sé. Ni necesito saberlo. Suficiente con sentirlo. Hay enigmas en la vida, como el de la belleza, que es mejor que se queden enigmas. Pero una cosa es cierta: el actual bombardeo mediático de muchachas enseñándolo todo se ha vuelto tan apabullante que, pese a ser muchas y surtidas, parecen siempre la misma. Hay tres tipos de modelo: la de verdad, la que juega a serlo y la exhibicionista, pero, como las filman o retratan en las mismas poses aireadas, llega el momento –y a mí ya me llegó– en que el ojo, de ver lo mismo todo el tiempo, degrada el objetivo y pide un cambio a gritos. Es cuando, por más gloriosos que sean, todos los traseros se vuelven el mismo, como si solo uno diera la cara por los demás al punto de que cualquier día van a publicar el de un carajo y nadie lo va a notar. La actual sobreexposición de semidesnudos en la prensa es tal que ya la gente no pregunta por la noticia de hoy, sino por el rabo de hoy. Y antes, uno, por lo menos, contestaba que el de fulana o mengana porque al de estas lo distinguía cierta exclusividad, rango o karma; pero, desde que los más cachetones se masificaron en las secciones de farándula y espectáculo, hay que limitarse a responder que… “¡el mismo!”. Si de los pechos se trata, peor. Blanco de las modernas siliconías en serie, todos, pequitas más, bronceados menos, son iguales: la misma turgencia, la misma insolencia. Tanto que no parecen hormados por la mano de un cirujano plástico, sino por la de un técnico en ojivas nucleares. ¿Resultado? Un mismo patrón de mujeres que, además, son machas, alzan pesas, comen lechuga, se tatúan, leen a Coelho, se llaman Shirley, Krystel, Britney o Yahaira y se depilan, hasta las lágrimas, el Monte de Venus. Quizá todo eso haya que verlo como parte del destape que vive el país y que no sabemos por cuánto tiempo se prolongará, pero creo que se impone ya una cruzada para que, más allá de tanta perfección femenina, a las mujeres con atributos menos prefabricados o, mejor dicho, con su majestad natural intacta, se les dé alguna oportunidad de lucirse. Recuerdo cuando uno se volvía loco con un pedacito de pierna de ellas, o de seno medio destapado. Debe de ser por eso que, últimamente, tiendo a desviar la mirada hacia esas diosas que prefieren insinuar su belleza e incitarnos más bien a descifrarla a partir de una mirada suya de reojo, de una sonrisa delatora o de su talento, pues, al fin y al cabo, con lo único que no se deja nunca de hacer el amor es con la inteligencia de la mujer.
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