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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com La respuesta de la embajada de Taiwán, ayer, a la decisión del Gobierno de Costa Rica de establecer relaciones diplomáticas con China Popular no es un modelo de diplomacia y mucho menos de respeto. Se queja el Gobierno de Taiwán de “la forma sumamente inamistosa” –según expresa el comunicado– con que procedió el Gobierno costarricense. Esta molestia, y ni siquiera el sinsabor de verse cada día más aislado, no justifica, sin embargo, en modo alguno, sus agravios. Taiwán ha sido víctima de la agresión de la inmensa y poderosa China Popular y de sus amenazas, en razón de su independencia y de su justo anhelo a la libre determinación. Su lucha, por lo tanto, es una cuestión de integridad y seguridad nacional. El Gobierno de Costa Rica ha aducido, asimismo, razones sólidas y dignas para fundar su decisión soberana. La embajada de Taiwán, como vocera de su Gobierno y del pueblo, según proclama pública, declaró que el Gobierno de Costa Rica actuó “bajo la amenaza e instigación de China Popular” y “en sometimiento a la presión” del Gobierno chino. ¿Amenaza de qué? ¿Presión por qué? Y, en cuanto a la instigación, bien sabían los taiwaneses, aparte de la forma como se procedió, que esta decisión soberana estaba a las puertas. En síntesis, el agravio es directo y explícito. Curiosamente, es el mismo lenguaje de ciertos sindicalistas, políticos obsesivos, comunistas y compañeros de viaje contra el Gobierno de Costa Rica en sus relaciones con EE. UU. Y, mutatis mutandis , guarda cierta analogía con los ataques de Hugo Chávez y de Fidel Castro contra los amigos del Gobierno norteamericano. La diferencia está en la forma. Lo que, en este comunicado, se llama actuar “bajo amenaza e instigación” o “por sometimiento”, los chavistas y castristas lo condensan en el vocablo ‘lacayo’. Esta figura literaria, por la cual se atenúa o ablanda la fuerza o malsonancia de una palabra, se denomina eufemismo o lítote, bastante corriente en el lenguaje diplomático, aunque, en este caso, a los taiwaneses se les fue la mano. Una despedida con mal sabor. Aparte estos quebrantos idiomáticos y estos mandobles políticos, Taiwán, otrora Formosa, con apenas 35.980 km² y unos 20 millones de habitantes, seguirá siendo una isla de libertad, casi solitaria, con endeble legitimidad internacional, frente a un imperio de 9,6 millones de km² y 1.200 millones de habitantes, donde todo es enorme: el progreso y la violación de los derechos humanos, en un escenario planetario, entre el pasmo y el temor, donde se desarrolla uno de los grandes dramas de la historia humana: el PIB, el poder o las razones de vivir.
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