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EDITORIAL

Una decisión correcta

Establecer relaciones con China es un acto de realismo y soberanía
Nuestra amistad con Taiwán deberá ahora tomar otros cauces


La decisión anunciada el miércoles por nuestro Gobierno, de establecer relaciones diplomáticas con China y, como consecuencia inevitable, romper esos nexos con Taiwán, es un acto de realismo y soberanía, consecuente con una política exterior inteligente y bien fundamentada que, sin renunciar a la defensa militante de la democracia, los derechos humanos y la paz, es capaz de leer los signos de los tiempos y actuar en consecuencia frente a ellos. Por esto, aunque rechazamos radicalmente el carácter totalitario del régimen político chino, apoyamos la acción nacional, hecha pública por el presidente Óscar Arias y el canciller Bruno Stagno.

Tomar esta medida, sin duda, no ha sido fácil. Nuestras relaciones con la República de China en Taiwán se remontan a mediados del siglo anterior, cuando, tras la imposición el comunismo en el territorio continental, el Gobierno nacionalista de Chiang Kaishek se refugió en la isla, pero sin renunciar nunca a representar a toda la nación. Costa Rica decidió entonces, acertadamente, darle su reconocimiento diplomático, como la mayoría de los países democráticos (y otros que no lo eran) del mundo.

Las realidades geopolíticas, diplomáticas y económicas, sin embargo, se han transformado durante las últimas décadas. A partir de 1971, con la expulsión de Taiwán y el ingreso de China a las Naciones Unidas, comenzó un proceso irreversible de reconocimiento diplomático al gigante asiático. Hoy, por ejemplo, mientras 168 países tienen relaciones con China, solo 24 las tienen con Taiwán. Durante el tiempo en que Costa Rica fue parte de este grupo, nuestros nexos fueron muy estrechos y fructíferos.

Hay que reconocer al Gobierno taiwanés la considerable ayuda técnica y financiera que proporcionó a nuestro país, como compensación por el mantenimiento de las relaciones; gracias a ella, hemos recibido importantes beneficios. También, sin embargo, hay que recordar que, en aras de influir en nuestra política exterior, el Gobierno de Taiwán acudió, con la complicidad de políticos y funcionarios locales, a métodos totalmente reprobables, como el financiamiento de campañas políticas a contrapelo de las regulaciones oficiales, o la entrega de fondos para pagar a empleados de la Cancillería, algo que terminó con la llegada al poder del presidente Arias.

A pesar de tan lamentables desvíos, en el balance general de las relaciones ha prevalecido lo positivo. Pero esto por ningún concepto resultaba razón suficiente para que nuestro país insistiera en una postura que contradecía las realidades internacionales y, sobre todo, la necesidad de vincularnos oficialmente a un país que, a pesar de su totalitarismo político, ha avanzado en libertades económicas y (en menor medida) sociales, es una potencia productiva y financiera, se ha convertido en un importante socio comercial de Costa Rica y está plenamente integrado a los flujos internacionales de bienes, servicios y capitales.

En estas condiciones, el establecimiento de relaciones diplomáticas con China, además de un acto que nos reafirma como nación soberana, es una decisión realista y visionaria, congruente con una estrategia nacional de inserción inteligente en el mundo, de la cual también forman parte los tratados de libre comercio y nuestra participación activa en organismos multilaterales, como las propias Naciones Unidas y la Organización Mundial de Comercio (OMC), así como la aspiración de convertirnos en miembros del grupo Asia Pacífico (APEC), de enorme importancia como foro económico y de desarrollo.

Nada de lo anterior impedirá que, como ocurre con los demás países que reconocen al Gobierno de Pekín, mantengamos relaciones comerciales, culturales y de otra índole con Taiwán. Además, nuestra diplomacia debe dejar claro, mediante hechos, que el cambio en relaciones no debe implicar precisamente someterse a la intransigencia de China continental respecto a una serie de aspiraciones taiwanesas, como participar en organismos multilaterales en temas de salud, educación y otros. De este modo, podremos combinar mejor el realismo y solidez de nuestra política exterior con un adecuado respaldo a quienes han sido amigos por años.

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