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/ LA NACIÓN

Etaner y el montanol

Muchos pueblos tienen que pagar el desperdicio energético en que incurre Estados Unidos

Fernando Durán Ayanegui


En un artículo reciente, el columnista Carlos Montaner se basa en un presumible ejemplo histórico –el derroche de recursos perpetrado por el imperio español desde el siglo XVI y hasta su ruina– para acoger sin crítica ni reserva la propuesta de la administración Bush, en el ámbito energético, de descargar “masivamente” en el etanol la actual dependencia del petróleo. El argumento básico que esgrime Montaner es correcto siempre y cuando no venga seguido de ciertas simplificaciones que son, por ellas mismas, amenazadoras. Partimos, desde luego, de que recurrir a los biocombustibles, es decir, a los derivados directos de vegetales renovables, para sustituir parcialmente el petróleo, es algo en extremo sensato; sin embargo, no lo es pretender que todo está resuelto y pasar por alto algunas precauciones indispensables antes de echar campanas al vuelo.

La primera de esas peligrosas simplificaciones consiste en plantearse el problema energético del mundo sin tocar su principal raíz: la cultura del consumo barato de energía. Con mucha frecuencia, los entusiastas de los biocombustibles (Montaner es uno de ellos, según parece) eluden el hecho de que toda fuente de energía que se utilice resultará, si se usa descontrolada e irresponsablemente, escasa y, por lo tanto, cara. Y aquí es válido el ejemplo del hundimiento del imperio español, pero no precisamente en el sentido en que lo ofrece Montaner.

Desperdicio en empeños absurdos. Si una potencia, en cualquier época, gasta más de la cuarta parte de la energía que consume la humanidad entera, en empeños absurdos como son el uso intensivo de vehículos privados innecesariamente grandes y pesados, así como al mantenimiento de cientos de bases militares sucias e ineficientes, sistemas irracionales de acondicionamiento de aire y movilización de millones de naves, aeronaves y vehículos militares de finalidad esquizofrénica (lo mismo que propició Felipe II en España), esta potencia irá indefectiblemente a la bancarrota, arrastrando con ella a sus países aliados o vasallos, no importa de dónde obtengan todos la energía.

Desde luego, un imperio dispendioso podrá prolongar su agonía mientras tenga a quién cargarle el gasto, exactamente como lo hizo la corona española con sus financiadores, entre ellos la Casa Fugger, mencionada por Montaner oportunamente, pero sin preguntarse dónde está la Casa Fugger de nuestro tiempo. En este punto no estaría de más recordar que, mientras existió, el imperio español se nutrió masivamente de la energía barata, más bien gratuita, aportada por los esclavos, de manera que la factura del esplendor imperial hispánico se le pasó fundamentalmente a África y a la América indígena, las que pagaron con un sacrificio equivalente a cien veces cualquiera de los genocidios reconocidos por la historia.

Cuentas mal llevadas. En la actualidad, el desperdicio energético de Estados Unidos lo pagan, gracias a los bajos precios que todavía se aplican al petróleo, no solo los árabes, los venezolanos, los iraníes y los rusos, sino también los países exportadores de mano de obra barata que, además de haberse quedado uncidos al carro del dólar, resienten los costos de las guerras que, como la de Iraq, no pasan de ser las cuentas mal llevadas de un Felipe II Bush que, para remitirnos a la anécdota que relata Montaner, tampoco “sabe contar”. A propósito de esto, sería interesante conocer el porcentaje del consumo de energía fósil que EE. UU. le asigna al sector militar, tanto para la fabricación de instalaciones y artefactos bélicos como en el transporte de la soldadesca, sus armas y sus vituallas, para no hablar de las misiones de destrucción y de deterioro ecológico características de la guerra moderna. Carlos Montaner y el Felipe II de orillas del Potomac deberían hacerse esta misma reflexión.

La segunda simplificación peligrosa, quizás la más funesta, si el esquema planteado por Bush se basa en la idea de que Estados Unidos deberá continuar consumiendo energía barata y sin control, se refiere a la “facilidad” que representa la disponibilidad de tierra y de mano de obra en los países “en vía de desarrollo” de nuestro continente. Montaner alude a esta facilidad apenas de pasada al mencionar a Brasil y a las islas del Caribe, pero desaprovecha la oportunidad de citar un mejor ejemplo histórico de falsa supervivencia imperial: la época en que el imperio romano tenía que arreglárselas para mantener en sus ciudades italianas, especialmente en Roma, a grandes multitudes de ciudadanos ignorantes y malolientes, inútiles para la guerra y para la producción, a quienes había que suministrarles alimentos –¡energía, después de todo!– de manera gratuita (pan y circo, ¿recuerdan?). Para ello, las legiones romanas ocupaban las tierras de Egipto y la rapiña comercial griega alcanzaba la costa oriental del Mar Negro, y hacían que el trigo y otros alimentos llegaran a Italia a bajo precio, sin importar que los plantadores sármatas y egipcios –pueblos extranjeros, en fin– se murieran de hambre en beneficio de la estabilidad imperial.

Digna y vagabunda plebe. Estabilidad que no duró mucho, pues la admisión, en la segunda mitad del siglo IV, de los visigodos dentro de las fronteras del imperio romano tuvo que ver con la necesidad de que los así llamados “bárbaros” cultivaran y defendieran militarmente las tierras cisdanubianas de las que nunca se haría cargo la muy digna y muy vagabunda plebe romana. Vale recordar que estos visigodos fueron los mismos que unos pocos decenios después (año 410) tomaron la ciudad de Roma y la saquearon para llevarse consigo todo lo que en la “ciudad eterna” tenía valor. Esta remembranza histórica tiene sentido actual si tomamos en cuenta que la fabricación del etanol, en Estados Unidos, a partir del maíz y de otros cultivos, requeriría de abundante mano de obra extranjera, especialmente mexicana. Y, en relación con la necesidad que tenía Roma de que sus regiones fronterizas cercanas al Danubio produjeran alimentos –e impuestos destinados a mantener el ejército-, no olvidemos tampoco que, en EE. UU., el grueso de la producción actual de etanol parte del maíz y no de la caña de azúcar, lo cual hace que la visión montaneriana de unas Antillas y un Brasil de vocación cañera y alcohólica corra el riesgo de convertirse en un futuro de neo Banana Republics.

En todo caso, ¿de qué manera excluyente de la fuerza militar podría el imperio de Nerón Felipe II Bush imponer al resto del mundo el suministro, a precio bajo, del etanol que se requeriría para continuar con el desperdicio norteamericano de energía? Por supuesto, esto tampoco se lo preguntó Montaner, probablemente porque previó que la respuesta aludiría a un círculo vicioso que no se puede romper mientras la sociedad del dispendio siga siendo, en el fondo, un estado de pan y circo sostenido con el petróleo barato o con cualquier otro combustible también barato suministrado por los egipcios y los sármatas famélicos del siglo XXI, llámense estos brasileños, cubanos, jamaicanos, nicaragüenses o colombianos.

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