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Tristeza ambiental

La arrogante especie humana continúa desdeñando las señales de alarma

Freddy Pacheco
fpacheco@una.ac.cr
Catedrático UNA

Hay muy poco que celebrar en el Día del Ambiente, en el Día de la Vida. Y es que no puede haber celebración si frente a nosotros tenemos un panorama deprimente, que solo permite vaticinar un mañana de catástrofe y destrucción, donde gobiernos y ciudadanos siguen cavilando acerca de las acciones urgentes a tomar que jamás son ejecutadas.

Un planeta enfermo que parece destinado a alojar una biodiversidad apenas remanente, con costos representativa de lo que una vez existió y que motivara expresiones prometedoras ante un futuro que, a partir de una ciencia y tecnología de extraordinario crecimiento, hacía predecir una mejor calidad de vida para los habitantes del planeta. Pero muy pronto quedaron atrás los sueños y las esperanzas para dar paso a una realidad hiriente que, consecuencia inevitable, ha hecho desvelar a algunos de los responsables que jamás imaginaron una crisis planetaria como la que inútilmente se vislumbrara en la magna reunión de Río ’92.

Así, se pasó de la llamada de atención rápidamente olvidada al negocio de la conservación en manos de gigantes como The Nature Conservancy, World Wildlife Fund y Conservation International, que han encontrado un nicho ahora ocupado por la servidumbre de los neocolonialistas con máscara de ambientalistas que han encontrado en esa “función” sumodus vivendi .

Un niño muere cada 8 segundos. Además, la arrogante especie humana continúa desdeñando las señales de alarma que llegan desde la selva y las ciudades, cual anuncio fúnebre de la flora y fauna que languidece apenas donde antes brillaba y, más importante, que garantizaba la supervivencia del Homo sapiens, que una vez se creyó de inteligencia mayor. Ahora no importa la muerte de un niño cada 8 segundos por falta de agua potable o la acelerada desaparición de plantas y animales todavía desconocidos. Más allá de los beneficios financieros recibidos por los que conocen el especial negocio y que sí saben lo que hacen, son insignificantes los logros.

Es grande la tristeza, por lo que no puede haber celebración genuina en medio de tanta inconsecuencia y desmedido interés mercantilista. La hipocresía reina, la fanfarria continúa, mientras el planeta, incluyendo a Costa Rica, sigue el sendero de la destrucción y el suicidio colectivo.

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