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La innovación y el miedo

La ciencia y la tecnología dan opciones para redireccionar el destino

Alejandra Castro Bonilla
Profesora universitaria

Camus calificó al XX como el siglo del miedo, en el que el hombre diaboliza la ciencia en su imposibilidad de aprehenderla. Aún hoy seguimos escuchando voces que condenan el progreso de las ciencias, que censuran excavaciones arqueológicas por la amenaza de cambiar el rumbo de la historia y declaraciones políticas que expían la investigación en laboratorios clínicos.

Si los grandes inventores hubiesen temido a la innovación, no estaríamos leyendo estas palabras y Gutenberg habría muerto en la oscura indignación del olvido. El mismo Papa que condenaba a Galileo por pensar, nunca imaginó que esa misma ciencia sería una política de Estado.

Voluntad social y política. Hoy, la tecnología y la ciencia interpretan la voluntad social y política de los pueblos de controlar sus destinos, de buscar soluciones que faciliten su quehacer cotidiano y resuelvan los problemas básicos de la salud humana y hasta la guerra. La ciencia y la tecnología proporcionan una amplia variedad de opciones para redireccionar el destino de la humanidad.

Tal como manifestaba Alberto Polanco en un artículo reciente, la ciencia y la tecnología no se pueden estudiar fuera del contexto social en el que se manifiestan, pues responden a las necesidades propias de un determinado momento histórico y social. Al contrario, deben estudiarse dentro de un sistema de tolerancia y apertura, donde la censura no tenga cabida si se funda en la ignorancia y donde el Estado sea el principal promotor de la inversión en investigación e innovación.

El rector de la Universidad de Barcelona, Marius Rubiralta, criticaba fuertemente al Gobierno de la Generalitat por el cierre de una oficina pública encargada de promover la investigación con el sector privado y el académico, calificándolo de error estratégico y retroceso en la integración de conocimientos y la transferencia tecnológica.

Y no es la única decisión que aplica ese gobierno en desmérito de la ciencia. La reforma fiscal española, que entró en vigor el 1.° de enero del 2007, fundada en una decisión del Ministerio de Economía y Hacienda, puso fecha de caducidad (1.° de enero del 2011) a las deducciones que hasta ahora recibían las empresas españolas por la parte de sus beneficios que reinvierten en investigación, desarrollo e innovación.

Investigación y desarrollo. Otros gobiernos hacen lo contrario. La American Competitiveness Initiative comprometerá $5.900 millones en el año fiscal 2007 y más de $136.000 millones en diez años, para aumentar las inversiones en investigación y desarrollo, mejorar la educación e incentivar la creación de empresas y la innovación. Esta cifra, concebida al margen de la industria armamentista, evidencia que la solidez económica y el liderazgo mundial de EE. UU. dependen de avances tecnológicos continuos.

Sin apoyo público poco puede hacer la ciencia para consolidar su desarrollo. Una economía competitiva genera conocimiento e impulsa el desarrollo de investigación y ciencias para aplicarlo a los procesos productivos. Si el Estado no participa en esta causa, no se conceden incentivos a la investigación y las universidades se disocian de la empresa privada, se liquidan los estímulos para el progreso. Las políticas que favorecen el crecimiento económico van de la mano con las inversiones en innovación: algo para pensar en el rediseño de nuestro presupuesto público… final.

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