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Horror al mérito Fernando Durán Ayanegui Recientemente un corredor extranjero de automóviles, tras una demostración depiques que en el orden de las destrezas no era más exigente que cuanto se esperaría de un buen boyero de San Isidro al bajar con su carreta una cuesta embarrialada, terminó rodeado de entusiastas funcionarios y envuelto en la bandera de Costa Rica, honor que en Estados Unidos y Francia se reserva a los sarcófagos de los héroes. No existe tico cuarentón que no recuerde la vez en que una cantante, cuyas dotes musicales eran asaz protuberantes, fue llevada en medio de escolta policial a visitar al más alto magistrado de la República. Y los más que sesentones no olvidamos el caso de un turbio financista a quien un presidente le escribió por ahí algún artículo o discurso. O sea que, según el mérito, así el honor. No se exagera al afirmar que el argentino Juan Gelman es uno de los diez poetas vivientes más importantes del mundo. Tan es así que se le menciona desde hace varios años como un potencial laureado con el Premio Nobel de Literatura y, aun si le llegara a ocurrir lo que a su compatriota Jorge Luis Borges, sempiterno y nunca logrado candidato a ese galardón, Gelman seguirá siendo uno de los poetas más leídos de nuestro tiempo. Don Juan es de origen askhenazi y él mismo cuenta, en un apunte autobiográfico, que, aunque su lengua materna fue siempre el español, en el seno de su familia se hablaban el ruso y el yidish, a pesar de lo cual pensó cierto día que era su deber aprender el sefardita, la lengua también española de los actuales descendientes de la diáspora provocada a finales del siglo XV por la persecución antisemita de Isabella Católica . La mayoría de aquellos españoles emigraron a diferentes comarcas del Mediterráneo oriental, ubicadas principalmente dentro del imperio otomano, donde conservaron su habla y su cultura. Gelman estudió y aprendió el sefardita y, a su debido tiempo, escribió en aquella lengua un bellísimo y conmovedor poemario que, curiosamente, nos recuerda bastante el habla tradicional del campesino costarricense. Pues bien, a finales de mayo pasado Juan Gelman estuvo varios días en Costa Rica como participante en un festival de poesía y, aunque hubo una buena asistencia de público a las actividades en las que el ilustre poeta se hizo presente, los círculos más o menos oficiales de nuestro país no dieron muestras de haberlo notado tanto como, en otras oportunidades, notaron las visitas de personajes de segundo o tercer orden ubicados en el ámbito del deporte, de la farándula o de las finanzas dudosas.
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