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El surf comienza a popularizarse en Perú


Por Leslie Josephs

Lima (AP). Desde hace décadas, algunas personas de la elite adinerada de Lima cambiaron la costumbre de almorzar entre amigos _con tres piscos amargos incluidos_ por la de visitar la Costa del Pacífico, con el objetivo de desplazarse con una tabla de surf sobre la cresta de las olas de más de tres metros.

Pero ahora la marea está subiendo y el surf ha trascendido las diferencias sociales ante la oferta de tablas más baratas y el surgimiento de una campeona mundial en el 2004, quien ha provocado toda una fiebre por este deporte.

Christian Escobar, quien estudió diseño de páginas de internet pero está desempleado, pagó recientemente 80 dólares por una tabla usada _una fracción de los 350 dólares que cuesta una nueva_ y la deja almacenada a cargo de algunos pescadores cerca de la playa rocosa de Costa Verde, en vez de llevársela consigo a su barrio pobre en Lima.

La capital se encuentra a más de una hora de camino de esta playa, en un recorrido que se hace sobre un destartalado autobús urbano.

Yo he visto gente de recursos, que son pobres que practica el surf, dijo Escobar, todavía mojado tras desafiar algunas olas durante la tarde. Pero normal, la cosa es divertirse.

A diferencia de lo que ocurre en algunos de los lugares más famosos para practicar el surf, como Australia, Hawai y Costa Rica, donde las olas altas sólo se presentan en cierta temporada, en la franja costera de Perú, de 2.400 kilómetros, el oleaje es propicio durante todo el año, gracias a la corriente marina de Humboldt y a la ausencia de obstáculos de tierra o roca.

Ello ha dado fama a la playa de Chicama, en el norte, donde rompen algunas de las olas con más longitud en el mundo. Ese lugar era ya uno de los destinos preferidos para los surfistas más temerarios del planeta, incluso antes de que los Beach Boys hablaran de las costas del Perú en su éxito de 1962, Surfin Safari.

Muchos limeños acaudalados, con sus tablas a cuestas, son socios de los exclusivos clubes de playa al sur de la capital, o visitan los centros turísticos con techos de palma en la costa septentrional, cerca de Ecuador, donde las olas son más grandes y el agua más cálida.

La playa de Costa Verde, aledaña a cinco vecindarios limeños, se ha vuelto más popular entre los jóvenes de las clases medias y populares, quienes aprovechan sus olas pequeñas pero poderosas para aprender a practicar el deporte.

Todos se quieren bacilar (divertirse) pues, ricos y pobres, dijo Joseph Silva, un cocinero de 22 años de un barrio pobre en el este de la capital, quien ha practicado el surf en Costa Verde durante tres años, con una tabla usada. Es un deporte caro pero hay para todos.

Algunos peruanos insisten en que el surf nació en este país andino, con la civilización preincaica chimú, que vivió cerca de Chicama. Por cierto, los pescadores de la población playera de Huanchaco, unos 480 kilómetros al norte de Lima, todavía surcan las olas para volver a la playa con la pesca del día, sobre los mismos caballitos, una especie de canoa roja, usados por los chimú.

Pero uno de los ciudadanos más ricos de Perú ha recibido el mérito de ser la persona que convirtió el deporte en un pasatiempo nacional.

Carlos Dogny, hijo de un magnate del azúcar, se enamoró del surf en la década de 1930, cuando estudió en Hawai.

Dogny y un buen amigo comenzaron a enfrentar las olas durante el verano peruano, entre diciembre y abril, encima de dos pesados tablones que había enviado de San Francisco, California, a Lima.

En 1942, los amigos fundaron el Club Waikiki, que en aquella época no era sino un baño con paredes de madera en Costa Verde, donde podían guardar las tablas.

Actualmente, el club tiene 600 miembros e incluye un restaurante, dos piscinas, así como canchas de tenis y squash. Pero las instalaciones no están abiertas para nadie más. Los nuevos socios deben ir con la recomendación de un suscriptor vigente, pagar una inscripción de 5.000 dólares y ser hombres, aunque sus esposas e hijas se convierten automáticamente en miembros del club.

Víctor Curo, de 66 años, abandonó el cultivo de papas en las tierras altas para dedicarse a cuidar las tablas en el Waikiki desde que tenía 20 años. Recuerda que cuando aceptó el empleo, la gente de los barrios populares ni siquiera sabía lo que es la Costa Verde.

Ahora todos quieren acudir a esta playa, añadió Curo, mientras cargaba una tabla de fibra de vidrio, que pesa unos cinco kilos _aún recuerda la labor hercúlea de cargar los tablones de madera de 65 kilogramos, desde la playa_.

Ha cambiado mucho, señaló.

Principalmente, el surf en Perú evolucionó gracias a Sofia Mulanovich, quien aprendió a desplazarse sobre las olas en el club cuando tenía 9 años, y se convirtió en la campeona mundial de la especialidad en el 2004. Luego de su triunfo, decenas de escuelas informales de surf se inauguraron en la costa de Lima, con tarifas de 10 dólares por una lección de una hora.

Esto está de moda ahora, dijo Rocío Larrañaga, quien ha dado clases de surf en el Waikiki durante 12 años. La instructora agregó que sus estudiantes provienen ahora de toda la capital, una metrópolis creciente cuya única frontera que no está rodeada de suburbios es el Océano Pacífico.

Pedro Gómez, estudiante del distrito de clase media Barranco, quien ha acudido a la Costa Verde durante el último año, con una tabla usada de 20 dólarndó el Waikiki.

Pero sí, aquí cerca de Waikiki tú puedes ver gente como yo, gente de barrio, dijo Gómez. En el agua todos somos iguales.

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