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La cultura del baby boom

Crecimos con la oferta de la plenitud y la hogaza de pan bajo el brazo

Damaris Fernández Pinto


Representamos, la generación de la década de 1940, un particular estado de atracción para los productos “en venta” que preocupan a los especialistas del gran monopolio de la oferta y la demanda dentro del sistema económico actual.

Nacidos después de la Segunda Guerra Mundial, y secundados por la gran propaganda de una vida nueva y feliz, se nos prometió un futuro seguro y en paz. Crecimos con la oferta de la plenitud y la hogaza de pan bajo el brazo.

Ajenos totalmente a los sucesos de la historia y la amenaza de otro descalabro bélico, esta generación creció desarrollando la avidez por el tener y el ser exitosos, fórmula mágica para ganar el paraíso perdido de una civilización sin guerras ni destrucciones. Nos enseñaron la comodidad, el menor esfuerzo y el consumo ilimitado de productos que apuntaran a ello.

Este producto de lo que se llegó a llamar el nacimiento explosivo de bebés de la posguerra, elbaby boom estadounidense –la “explosión demográfica”– se presenta ahora ante nosotros como un verdadero reto a la conciencia y al concepto de persona.

Canas al lado. Entre los fines y métodos de venta de las empresas está el apuntar hacia esta población como los principales consumidores de lo que les falta para continuar con la vida feliz y perdurable prometida: cirugía plástica de órgano tras órgano para no envejecer, cremas y masajes, máquinas adelgazadoras “sin hacer esfuerzo”, consultas de esteticistas para verse mejor, aparatos eléctricos para facilitar el placer de ver y escuchar cómodamente sentados en la amplia sala teatro tan de moda en los hogares; teléfonos con todas las facilidades, con todas las teclas, simplemente saber oprimir la correcta, no perder la comunicación, no quedarse atrás; medicinas para alargar la vida y facilitar la juventud, no perder “aquello”, porque el futuro se nos presenta incierto; vestirse como jóvenes porque la vejez ya no ofrece atractivos. Y, lo peor, en sobradas ocasiones, actuar como ellos, olvidando que las canas han costado más de media “teja” como nos recuerda el modismo.

Olvidamos que el cuerpo humano debe ejercitarse desde adentro, sudando y eliminando las toxinas que lleva por su sistema circulatorio. Olvidamos que envejecer debe ser la coronación exitosa de un puñado de años de lucha y sinsabores, de aprendizaje y acumulación de sabiduría y experiencia. Olvidamos la belleza de un rostro con expresión, cuyas facciones se han formado en el curso de la vida hurgándola y dejando su huella en la mirada, la sonrisa, las canas, las comisuras de los labios…

Por dentro. Desdeñamos el eterno entendimiento de que se envejece por dentro y se envejece cuando se quiere. Igual se vive muerto en vida con otros conceptos.

No nos percatamos que las opiniones del tiempo pasado emitidas por los sabios fueron aceptadas por los más jóvenes como verdaderos puntos de apoyo a la sabiduría que con la extrema juventud no habían alcanzado.

Podríamos, quizás, considerar que podemos vivir nuestra circunstancia, el tiempo dado a cada uno para cumplir su plan de vida asumiendo el reto de vivirla a plenitud, a pesar de la muestra de las mil ofertas, sabiendo que la verdadera oferta está dentro de nosotros mismos.

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