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Foto Principal: 1119702
/ LA NACIÓN

Un gringo imaginario

Por culpa de ese foráneo, nadie sabe cuál es el verdadero o justo valor de las cosas

Catalina Murillo
catalinamurillo@hotmail.com


Al este de San José, zona de universidades, cuna de la sapiencia (y ojalá fuera solo cuna y no también parqueo y fotocopiadora de la sapiencia), se está dando un inquietante fenómeno. En todos los barrios, a las viejas casas de cochera y rosal les están saliendo unos estrambóticos añadidos. Aunque no es evidente a primera vista, resultan ser apartamentos para alquilar que han construido los vecinos aprovechando cualquier espacio libre de su propiedad. Dichos apartamentos también son llamados “estudios”, como si eso justificara lo precario. Son lugares creados como sea, con escaleras y pasillos imposibles, mal adaptados a la antigua construcción. Vi uno cuyo baño minúsculo ventilaba directamente al cuarto del matrimonio de al lado; y otro en que lo que hacía de pared divisoria entre las salas de las casas era un armario que se abría por ambos lados, como en las películas cómicas.

El caso es que el vecino que aún no ha construido apartamento ya está haciéndole números al asunto porque, encima de que salen baratos, se alquilan caros y en dólares, o al menos en eso confía todo el mundo. Cuando le pregunté a un vecino que quién querría pagar tanto por el palomar enrejado que rentaba, me dijo sin dudar: “Un estudiante gringo paga eso y más”.

Foto Flotante: 1614232
/ LA NACIÓN

Ingenua confianza. Entonces descubrí que anda un estudiante gringo, de buenas costumbres, merodeando en la imaginación de mis vecinos. Todos confían en que existe ese gringuito cándido dispuesto a pagar tres veces el sueldo mínimo de este país por una especie de cabaña en el techo, sin ventanas pero con Internet.

Y aún hay más gringos imaginarios paseándose con sus billeteras llenas frente a nuestra avidez. Según me cuentan, en ciertas zonas rurales no muy turísticas se está dando un fenómeno similar. Ahí, por lo visto, el gringo es más bien un pensionado amante de la naturaleza (que sigue teniendo las buenas costumbres de cuando era un joven estudiante) y que vendrá un día a comprar por diez veces su valor todo lo que los vecinos del lugar tienen abandonado.

De este modo, hay vecinos con casonas derruidas o proyectos frenados desde hace décadas, a la espera de que venga el gringo pensionado con un saco, como San Nicolás. Lo más triste del caso es que esa misma persona que no mueve un dedo y espera que vengan a comprarle lo que tiene en el abandono dice, hasta con rencor: “Un gringo sí sabe lo que se le puede sacar a esto”.

Estamos asustados. Anda un gringo imaginario haciendo de las suyas hasta en el último rincón de este país. Por culpa de ese gringo nadie sabe cuál es el verdadero o justo valor de las cosas. El gringo –como entelequia– no es ni bueno ni malo, es un depositario de fantasías y frustraciones. Nos gusta creer que es un poco ingenuo, que se le pueden cobrar caprichos y que lo vamos a destusar sin problema. Nosotros, ni lerdos ni perezosos, le vamos a vender lo que haga falta, porque andamos convencidos de que el valor más importante que tiene una cosa se mide en dinero.

Pero también estamos asustados. Imaginamos que el gringo tiene una billetera jugosa, pero pocos la han visto, y menos aún confiesan haberla tenido entre las manos. Estamos asustados porque en el fondo sospechamos que los gringos no son tan tontos, y si quieren comprarnos las cosas, por algo será. Tenemos miedo porque no nacimos ayer, porque ya son décadas con el gringo merodeándonos y la plata siempre la tiene él. Porque ya sabemos que apostarle a la billetera del gringo es como jugar a la ruleta.

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