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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Me asalta la duda de si no estaremos haciendo el ridículo ante el mundo. Un día de estos, un académico –de los verdaderos– profesor de una universidad europea –de las verdaderas– e investigador, enamorado de Costa Rica, me decía que no se explicaba cómo este país, dotado de casi todo, no se anima a dar el salto. Bueno, el cuento de siempre, la pregunta que, angustiados, se formulan muchos dentro y fuera y que va más allá, pues, como no avanzar es retroceder, nos estamos quedando rezagados. Y la herencia comenzó a menguar. El punto de inflexión ocurrió hace años. Lo dijo a su tiempo el programaEstado de la nación . No obstante, algunos creen que se avanza o se recupera el tiempo perdido petrificados en el pasado, maldiciendo los imperativos inevitables de la globalización y la competencia, montados en la constela- ción de acuario o buscando chivos expiatorios, evasiones mentales todas para no afrontar a cara descubierta los problemas nacionales. La columnaEnfoque , de Jorge Vargas Cullell, ayer, en La Nación , nos brinda una buena pista. Tenemos que analizar el caso panameño, su visión y su determinación, y con él y en él a otros ejemplares puestos en el mapamundi. Estamos haciendo el ridículo, proclamando consignas ideológicas que ningún político o intelectual respetable, en el mundo actual, se atreve a repetir, mientras nuestros competidores centroamericanos se relamen de alegría. Hemos construido, asimismo, una gran telaraña legalista, refugio de incompetentes, para no decidir. Consumimos años y recursos sin límite para no hacer lo que otros hacen en un año. El TLC nos ha puesto en el escenario mundial. Como ante otros grandes retos, unos pocos han bloqueado el camino. Pero hemos descubierto algo: los efectos generacionales –pedagogismo puro– de un sistema educativo enclenque en conocimientos y valores, que ha envuelto al país y a la política, y el diagnóstico directo y a todo color de ciertos personajes que se daban aires de políticos avezados, intelectuales y profesionales de alcurnia y que, a la hora de la verdad, han resultado un fiasco. Esta revelación ha sido un avance. Estos son trances de gran política, mucho más allá del TLC. Decidiremos entre una Costa Rica gobernable, lista a darle la cara al mundo, a restaurar el sentido de autoridad, el mérito y el trabajo, a derrotar la pobreza, la corrupción y la mediocridad que nos rodea, o bien, si así quieren otros, una Costa Rica que, por miedo, indolencia o anacronismo ideológico, le dio a la democracia callejera la última porción de su herencia. El referendo es la última estación de un tren que, entre zigzagueos, perdió las anteriores.
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