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Frente a la creciente inseguridad

Una vuelta al pasado que asimile la “vida de pueblo” beneficiaría a todos

Carlos Urdaneta Finucci
carlosuf@gmail.com
Economista

Es un hecho que, en Latinoamérica, a mayor tamaño de la ciudad, mayores la marginalidad y la delincuencia. Ningún país ha sido capaz de resolver el problema. Todo parece sugerir que hay datos de la realidad que no se han considerado en los planes públicos de seguridad personal.

Tomemos el caso de Caracas, donde existen barrios que tienen mayor población que algunas de las provincias, cada una de las cuales tiene Gobernación, Asamblea Legislativa, tribunales y unidades hospitalarias, educativas y de toda índole, y que, además, dispone de municipios, todos con su policía y demás servicios comunales. Sin embargo, en la medida en que crecen las ciudades aumentan la marginalidad y la delincuencia. Los barrios están sometidos a bandas de jóvenes delincuentes que controlan a la comunidad. Los marginales están “marginados” de la vida civilizada, viven como en la selva, donde rige la ley del más fuerte. ¿Cómo no asombrarse del crecimiento de la delincuencia?

No hay aislamiento. Por falta de organización, los barrios no suelen contar con la presencia permanente y suficiente de policías. Los operativos suponen una presencia transitoria. Por eso, los delincuentes terminan siendo respetados, y hasta admirados, por los demás jóvenes.

Es algo muy diferente a lo que se vive en los pueblos pequeños, donde la delincuencia es inexistente por la presencia permanente de la autoridad y porque la gente no vive aislada, sino que precisamente tiene mayores relaciones entre sí. Los posibles delincuentes son conocidos y controlados desde su niñez. Por esta razón, en la medida en que se reviva la “vida de pueblo”, se contribuye a erradicar la delincuencia.

En consecuencia, puede ser útil estudiar la posibilidad de organizar los barrios dividiéndolos en pequeñas comunidades, regidas por juntas de vecinos, similares a las de los residenciales, que funcionarían, hasta donde sea posible, como minimunicipalidades.

Mutuo conocimiento. Creemos que, si el territorio de cada condominio es pequeño, de modo que todos los vecinos puedan conocerse entre sí, si se establecen normas que aseguren que los dirigentes sean verdaderamente representativos de la comunidad, si se autoriza a las juntas a exigir contribuciones a los vecinos según su capacidad de pago (esto también vale para el resto de la población) y si el Estado y las municipalidades contribuyen descentralizando parcialmente algunos servicios sociales y de seguridad, idea central de esta propuesta, los condominios podrían nombrar sus propios jueces, financiar sus propios guardias, su jefe de policía y prestar los demás servicios comunales que le darían vida de pueblo. Así, no solo se resolvería buena parte de las necesidades, sino que la marginalidad participaría en la solución de sus propios problemas y aprendería a vivir y a apreciar los valores de la democracia.

¿Serán estos policías capaces de limpiar los barrios de delincuentes? Al principio la lucha puede ser dura, pues tanto ellos como los delincuentes que viven en el barrio se conocen entre sí. Necesariamente, los policías del barrio tendrán que reducir a esos malhechores, es cuestión de supervivencia; sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con los alguaciles del Lejano Oeste norteamericano, esos policías no estarán solos en nuestras ciudades, pueden asociarse con las policías de otros condominios y, sobre todo, los cuerpos de seguridad del Estado y las policías municipales pueden asistirlos, entrenarlos y también proteger a las juntas de vecinos de sus propios policías, cuando se desvían en el cumplimiento de su función.

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