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EDITORIAL

Peligrosa estrategia de odio

En el debate sobre el TLC deben imperar la razón y el respeto por los otros
Nos preocupa la promoción del odio como estrategia reiterada del “no”


En cualquier circunstancia, confrontación o polémica, la promoción del odio como estrategia discursiva resulta sumamente peligrosa. Porque el odio nubla la razón, exacerba las emociones, borra los matices, promueve al irrespeto, conduce a la descalificación total del adversario, estimula la polarización sin retorno y, como corolario fáctico, desata la violencia. Cuando, mediante el odio, convertimos al que es distinto en un representante absoluto del mal, se ahondan las fracturas y, a la postre, se dificultan las posibilidades de reencuentro.

Decimos todo lo anterior porque, en la discusión sobre al TLC, es cada vez más evidente que un sector (quizá minoritario, pero sin duda muy influyente) de quienes promueven el “no” en el referendo, ha hecho de la intransigencia y el odio el elemento central de su estrategia. Como resultado, hemos visto inquietantes amagos de violencia, hasta ahora sin consecuencias que lamentar, pero que podrían derivar en muy serios desenlaces.

Algunos ejemplos recientes así lo atestiguan. El lunes 23, la diputada socialcristiana Lorena Vázquez denunció en la Asamblea Legislativa que, por segunda vez, su casa fue pintada con rótulos ofensivos, como castigo por su apoyo al “sí”; entre ellos, los crónicos epítetos de “corrupta y vendida”. Meses atrás, el diputado de Unión Nacional, José Manuel Echandi, había denunciado amenazas y “pintadas” en su contra, también por su posición favorable al TLC. El martes 24, una “casa del sí” en Poás de Alajuela, fue embadurnada con insultos (esta vez de “vendepatrias”) antes de ser inaugurada. El viernes, en San Isidro de Heredia, la Policía debió intervenir para evitar que un grupo de vociferantes enemigos del tratado agredieran al segundo vicepresidente, Kevin Casas, tras un debate con el rector del Instituto Tecnológico, Eugenio Trejos, quien llevó el dramatismo (e incitación) de sus posturas a decir que “si el TLC pasa, será sobre mi cadáver”. Y varios estudiantes, de algunos colegios y de la Universidad de Costa Rica, se han quejado de indebidas presiones, ataques y ridiculizaciones en su contra, por defender al TLC ante profesores que se oponen a él.

Es decir, estamos ante lo que parece ser una estrategia deliberada, de la que no se han distanciado (y menos la han denunciado) los sectores moderados adversos al Tratado. Al no hacerlo, son cómplices de una posible y peligrosa escalada, muy negativa para el país.

Si los partidarios del “sí”, entre los que se encuentra este periódico, vieran esta situación con ojos oportunistas, deberían felicitarse del extremismo agresivo de esos grupos. Porque revela que, a falta de verdaderos argumentos, a los enemigos extremos del TLC solo les han quedado el odio y los insultos; también, que un eventual triunfo suyo podría conducir al país hacia el caos público, todo lo cual podría inclinar a una gran cantidad de indecisos a inclinarse hacia el sí, en aras de la paz, el respeto y la institucionalidad democrática.

Sin embargo, lo importante, en este caso, no es lo que pueda favorecer o perjudicar a un bando. Lo verdaderamente esencial es que, como país, no podemos darnos el lujo de hundirnos en una fractura, porque eso nos perjudicará a todos. El 8 de octubre, día después del referendo, más allá de cuál postura gane, los costarricenses deberemos poner a un lado nuestras diferencias en torno al “sí” o al “no” y, desde el resultado soberano del pueblo, buscar acuerdos y reencuentros para seguir adelante.

Quizá algunos, enemigos de las instituciones, quisieran lo contrario, y estén apostando a agudizar diferencias y crear rupturas irreconciliables. Para ellos, el absolutismo argumental, el odio, el irrespeto y la violencia son excelentes aliados. Pero la mayoría del pueblo, más allá de las diferencias sobre el TLC, lo que quiere es seguir adelante. Por esto, se impone, desde ahora, que los verdaderos buenos costarricenses, los que sí son patriotas sin estarlo proclamando, tengamos la mesura para discrepar con respeto y para impulsar nuestras posiciones con entusiasmo, esperanza y comprensión. Ojalá esto lo entiendan todos los dirigentes del “no”.

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