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Foto Principal: 148860
/LA NACIÓN

Un rezago imperdonable

Latinoamérica debería estar mejor en la generación y distribución de riqueza mundial

Eduardo Ulibarri
Periodista

A pesar de su injustificada mala fama, el Fondo Monetario Internacional (FMI) a veces da buenas noticias. Y hace pocos días lo hizo, al revisar hacia el alza sus previsiones sobre la economía global durante este y el próximo año.

Más aún, ratificó que el mayor aporte al crecimiento provendrá de los países emergentes, con China, India y Rusia a la cabeza, señal de que se mantiene la tendencia a la redistribución de la riqueza global. Por algo, también, continuará la reducción de la pobreza.

Pero, como ha sucedido reiteradamente durante los últimos años de expansión económica, las buenas nuevas lo son menos para América Latina.

Nuevos datos. El Fondo subió su estimación del crecimiento mundial para el 2007 y el 2008, del 4,9% estimado en abril, a un 5,2% ahora. La previsión para América Latina, sin embargo, es menor: del 4,9% original al 5% durante este año, y del 4,2% al 4,4% en el siguiente.

Es decir, de nuevo el avance económico de nuestra parte del hemisferio estará por debajo del promedio mundial; además, será menos de la mitad que el de China, más de cuatro puntos inferior al de India e, incluso, inferior al del África Subsahariana que, sin embargo, parte de un nivel muy bajo.

Al ver que el dinamismo económico se reparte por todo el mundo, reduce la pobreza y beneficia, especialmente, a países de ingresos bajos y medios, ya nadie en su sano juicio puede argumentar que el menor (aunque siempre bueno) desempeño latinoamericano es producto de perversas fuerzas del mercado mundial, la globalización, el “neoliberalismo” o las transnacionales. Porque esos factores son, precisamente, los que han permitido a otras regiones potenciar ventajas propias para crecer y mejorar su bienestar gracias a su inserción en el comercio mundial.

Mientras en muchos países latinoamericanos seguimos empeñados en buscar culpables, llorar sobre la historia, aferrarnos a atavismos ideológicos y desdeñar los cambios internos necesarios para mejorar, la mayor parte de Asia, Europa Oriental y hasta algunos estados africanos han decidido comprender y aprovechar el presente para avanzar.

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/LA NACIÓN

Sostenido o efímero. Sin desconocer las excepciones, el gran impulso al crecimiento latinoamericano de los últimos años ha sido, en gran medida, resultado del aumento en los precios internacionales de productos básicos, que van desde la soya de Argentina o Brasil, hasta el petróleo de Venezuela o el gas de Bolivia y Perú. A esto se añaden, además, políticas macroeconómicas en general más responsables. Esto es bueno, pero pasajero e insuficiente.

En cambio, es poco el crecimiento que se debe a verdaderas reformas estructurales, que potencien el aporte de nuestros recursos (sobre todo humanos e institucionales) y, así, mejoren la capacidad competitiva integral de las economías, y su capacidad de generar y redistribuir mejor la riqueza.

Por ejemplo, en elInforme mundial de competitividad , que publica el Foro Económico Mundial, Chile es el único país latinoamericano en el ranquin de los 50 más competitivos durante 2006. El segundo mejor mejor de Latinoamérica es Costa Rica (lugar 53), seguida por Panamá (57) y México (58).

El índice del Foro no es una simple medida económica. Al contrario, responde a un conjunto de variables agrupadas en nueve pilares: instituciones, infraestructura, manejo macroeconómico, salud y educación primaria, educación superior y capacitación, eficiencia del mercado, aprestamiento tecnológico, desarrollo empresarial e innovación.

La soledad de los chilenos entre los mejores 50 debe ser una fuerte llamada de atención. Porque, si están en el lugar 27, inmediatamente debajo de Malasia y encima de España, quiere decir que no hay razones genéticas, históricas, geográficas o sobrenaturales que condenen a Latinoamérica a los lugares secundarios del desarrollo.

Más bien, el buen puesto de Chile demuestra que, con adecuadas políticas internas y una creciente integración al mundo, nuestros países pueden ser capaces de beneficiarse de la economía global y, así, avanzar sustancialmente, y de manera sostenida, para romper la excesiva dependencia de los precios de cultivos o minerales.

Costa Rica es, en menor medida, otro buen ejemplo porque nuestro crecimiento (por encima del promedio latinoamericano), ha marchado de la mano de sólidas ventajas institucionales y humanas, reformas modestas y apertura comercial.

Otras corrientes. Todo esto, por supuesto, va contra varias tendencias de la política latinoamericana y local, desde el “desarrollismo” ya casi fenecido, hasta el marxismo de nuevo cuño, el populismo desbocado, el caudillismo autoritario o el moralismo conservador, que no cesan de asomar la cola. También desafía nuestra crónica inclinación a eludir responsabilidades propias y a creer que el futuro es una ilusión mental, no una realidad a construir desde el presente.

Por esto, en muchos países el camino hacia el verdadero desarrollo, de cara al mundo y a la modernidad, pasa por una reingeniería mental y política. Pero, como este proceso transformador es lento, probablemente durante mucho tiempo el promedio de crecimiento latinoamericano seguirá a la zaga de otras regiones emergentes del mundo.

Pero, probablemente también, los que entiendan la naturaleza del juego podrán sumarse a los punteros.

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