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Sociedad y Servicios Ángela Ávalos R. Redactora Todo se olvida cuando se está frente a la pequeña imagen empotrada en una corona de oro. Atrás se deja el dolor propietario de cada músculo del cuerpo, y se abandona el cansancio en cada gota de sudor. El agradecimiento por estar allí, frente a la Reina de los Ángeles, llena cada rincón del corazón de los romeros. “Gracias, Virgencita, por permitirme llegar”, recita el corazón en cada bombeo emocionado de la sangre. Fueron seis horas de camino para divisar entre la muchedumbre mañanera la cúpula gris de la basílica, en Cartago, y, dentro de ella, a la Virgen milagrosa. Seis horas desde Tibás bajo un cielo que solo al rozar el mediodía dejó ver el sol como preámbulo del aguacero vespertino. Como muchos, dejé en el altar una carga de agradecimiento por milagros concedidos y una pequeña lista de favores. Llegué hasta el altar con pasos cortos pues costaba avanzar entre la multitud. Tal era el gentío que ayer se apoderó del santuario. Sentía dolor por el esfuerzo que significó llegar hasta allí. Mas mi sufrimiento era nada. Mientras avanzaba hacia el altar por la fila dispuesta para quienes entraban de pie, miré la cara de centenares de personas que tomaron fuerzas de flacura y atravesaron la nave central de rodillas sin siquiera poner pausa a su larga caminata. Sin duda, sufrimiento puro como tributo de fe. Casi podía escuchar sus oraciones subiendo hacia la cúpula de madera. La entrada a la basílica es el epílogo soñado de los romeros luego de atravesar el temido Alto de Ochomogo, pasar por Taras y tomar la infinita recta final hacia la plazoleta. Allí, la gente avanzaba impulsada solo por la fe pues el dolor para muchos se hace insoportable a menos de ocho kilómetros de alcanzar la meta. Sin duda, el último aliento de fuerza lo deslizan los romeros por los adoquines de la nave central de la basílica. ¿Será esta inmensa fe la que tiene el milagroso poder de sostenernos como país? ¿Serán estos pies sacrificados de miles de romeros los que se ofrecen por la paz de este trozo de tierra? Fe es creer, y yo, como una romera más, confío en que ese escudo de devoción que fluye desde todos los rincones del país todavía nos proteja.
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