Búsqueda
Avanzada
Lunes 30 de julio, 2007
San José, Costa Rica.

  Servicios | Archivo | Escríbanos | Fax gratis | Nacion.com en PDA, celular, e-mail,  

Noticias
Nacionales
Sucesos
Deportes
Internacionales
Economía
Aldea Global
Week in Review
Copa América 2007
Mercado de jugadores de la Primera
Sitio de Mapas

Editoriales y Opinión
Opinión
Cartas
Xpresiones
Chats
Foros
Obituario

Ocio y Cultura
Viva (Entretenimiento)
Áncora (Cultura)
Caja de Cambios (Motores y transporte)
Tiempo Libre
Teleguía
Proa (revista dominical)
La Nación en Imágenes
Cinemanía
Tarjeticas
Horóscopo
Crucigrama
Calendario 2007

Especiales Noticiosos
Nueva ley de Migración
Texto preliminar del TLC Costa Rica-EE.UU. y noticias publicadas
Conferencia mundial sobre sida 2006
Mundial 2006
Elecciones 2006
Especial Escogiendo Escuela
Listado Completo

Educación y Ciencia
Zurquí (Niños)
Tribuna del Idioma

  Documentos
Leyes
Informes

Especiales
Especial de salud: Bienestar integral
Festival Imperial
Inventario completo

Quiénes somos
Teléfonos, fax y direcciones de La Nación
Preguntas frecuentes nacion.com
Ver edición más actual de nacion.com
Equipo de nacion.com
Emails de Redacción
Trabaje en Grupo Nación

Noticias Opinión:

Foto Principal: 1245970
/LA NACIÓN

Las revoluciones no sirven

La tesis del bien común hace eco en muchos pueblos, pero la traiciona la realidad

Jaime Gutiérrez Góngora
drjgutierrez@racsa.co.cr
Médico

Con una excepción, las revoluciones no sirven porque parten de una falsedad congénita: los ideales que las sustentan casi nunca son realizables. Por eso, invariablemente, terminan haciendo mucho más daño que beneficio.

Los utópicos, tanto evolutivos como revolucionarios, creen, contra toda la evidencia, que la naturaleza humana puede ser moldeada hacia una apreciación generosa del bien común. Contemplan- do el “capitalismo salvaje” los reformadores concluyen que hay que mandar al diablo todo ese mal porque tiene que existir un sistema mejor.

Pero el hecho es que tales súplicas al bien común, tanto cuando son genuinas como cuando son producto de la demagogia, le atribuyen una importancia demasiado irreal a la bondad del hombre. Esta tesis del bien común hace eco ante muchos pueblos, pero siempre es traicionada por la realidad. Invariablemente se topa con el egoísmo del ser humano y la revolución, eventualmente, termina siendo impuesta. La represión, en nombre del ideal, se hace “necesaria”, como ha ocurrido en casi todas las revoluciones.

Verdad y cuento. Probablemente, todo lo que los comunistas han dicho sobre el capitalismo es cierto y todo lo que los capitalistas dicen sobre el comunismo es cierto también. La diferencia es que el sistema capitalista funciona porque esta basado en la verdad del egoísmo del ser humano, y el revolucionario no funciona porque está basado en un cuento de hadas sobre la hermandad de los pueblos.

Si el capitalismo es un sistema de competencia despiadada, ¿que es la vida sino una competencia despiadada, una lucha sin fin? Por eso es que el capitalismo es un sistema que está en consonancia con la vida. Y funciona porque refleja la realidad.

El presidente Lula, de Brasil, fue trabajador metalúrgico, un hombre de izquierda que se hizo famoso luchando contra la dictadura militar y el “capitalismo salvaje”. Habiendo sido víctima de la aspereza y codicia del capitalismo, Lula evidentemente concluyó que el capitalismo es mejor que otros sistemas que han sido intentados y, de igual manera, resolvió que EE. UU. es el mejor bastión de la libertad que existe hoy. Por eso Lula escogió a George W. Bush en lugar de Hugo Chávez. Tuvo claro las lecciones que depara la historia. Fue testigo de que los ideales de muchas revoluciones acabaron en la pobreza y la represión y, en el caso de Nicaragua, en la más abyecta corrupción.

Ortodoxias y opresiones. Tanto en Francia como en Rusia, movimientos reformistas fueron secuestrados por un pequeño grupo de creyentes decididos a precipitar un orden político radicalmente nuevo. Pero, al rebelarse contra la ortodoxia y la opresión, ambas revoluciones crearon nuevas ortodoxias y opresiones, mucho peores que las que se propusieron reformar. Ambas pretendieron construir la libertad sobre montones de cadáveres y establecer, la estabilidad con la intimidación y la fraternidad con el terror sistemático.

Napoleón, heredero de una revolución, fue el precursor del estado totalitario del siglo XX y el modelo que practicaron Hitler y Stalin. Esa revolución y su engendro fueron la guía y el profeta de todo lo que anduvo mal en Europa en el siglo XX. Dejaron tras de sí un legado de maldad. Lo que es peor, la francesa fue una revolución innecesaria puesto que ya los colonos de Nueva Inglaterra habían demostrado que existía un camino más eficiente y menos sangriento para lograr la libertad. Y, además, duradero.

El fracaso de las revoluciones europeas significó el suicidio colectivo de Europa. Le entregaron el mundo a los herederos de la única revolución que ha servido, la excepción de la regla. Cuando Lord North, el primer ministro de Jorge III de Gran Bretaña, se enteró de la rendición de Cornwallis en la batalla de Yorktown, Virginia, en el epílogo de la revolución norteamericana, exclamó: “Oh Dios, todo ha terminado”. Lafayette, lo puso en la perspectiva real: “La humanidad ha ganado su batalla; la libertad tiene ahora un país”.

Sala de Redacción
Latinoamérica Ya
Mundo Ya
Deportes Ya
Gente Ya
Nuevas Tecnologías


Especiales
Especial de salud: Bienestar integral
Festival Imperial
Inventario completo


Suplemento inmobiliario M
Tarifario Grupo Nación
Suplemento comercial Mano a mano
Anúnciese en nacion.com
Suscríbase a La Nación
El Empleo.com
Economicos.com


Obituario
Diario Oficial La Gaceta