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EDITORIAL

Sostenibilidad del superávit fiscal

El Gobierno debe hacerle al país un planteamiento objetivo sobre el sostenimiento de los buenos resultados
Si no se emprende la reforma del Estado, no se tiene un panorama claro de las finanzas públicas


En nuestro editorial del 23 de julio pasado (Notable mejoría fiscal) alabamos el esfuerzo del Ministerio de Hacienda por aumentar la recaudación, contener el crecimiento de los denominados “disparadores del gasto” y convertir el tradicional déficit en un superávit financiero durante el primer semestre de este año. Pero también planteamos la necesidad de aquilatar cuán sostenibles eran los resultados en el tiempo y determinar si se deberían adoptar ahora las previsiones del caso. A ello nos referiremos en este editorial.

El superávit financiero en este período se logró básicamente por la conjunción de dos factores de difícil repetición: una extraordinaria tasa de incremento en la recaudación (30,7%) y una baja inusitada en el crecimiento del rubro de intereses (7,9%). La primera está asociada con el dinámico crecimiento de la economía y los esfuerzos administrativos desplegados por el Ministerio de Hacienda por contener la evasión y mejorar la recaudación efectiva. Sin embargo, la experiencia demuestra que esos esfuerzos tienden a diluirse con el tiempo, por lo que resulta difícil mantener permanentemente una tasa elevada de recaudación por ese motivo. Tampoco es fácil asumir que el elevado crecimiento de la producción se podrá sostener indefinidamente.

Costa Rica, al igual que otros países latinoamericanos, ha estado viviendo una etapa expansiva de la producción, influida por el ciclo económico observado en la economía mundial. Nuestro índice mensual de actividad económica (IMAE), que alcanzó una tasa anualizada de casi un 10% en abril del 2006, descendió al 6,6% en mayo de este mismo año, con lo que mostró una clara tendencia descendente. Y aunque las perspectivas de crecimiento aún son positivas, no se puede descartar que eventualmente se acentúe la etapa recesiva del ciclo por la contención en la expansión de la economía mundial, particularmente en los EE. UU., cuya tasa de crecimiento ha perdido dinamismo.

El mismo Banco Central de Costa Rica pronosticó tasas descendentes de crecimiento del PIB, según dimos a conocer el pasado viernes. Mientras que en el 2006 la producción había crecido un 8,2%, en el 2007 solamente crecerá un 6,3% y se reducirá prácticamente a la mitad en el 2008 (4,4%). Este porcentaje es similar a la tasa natural de crecimiento de la economía nacional, medida por el promedio registrado en los 10 años anteriores (4,5%). Y esa tasa se asocia también con menores tasas de recaudación de impuestos directos e indirectos. De ahí la importancia de emprender reformas estructurales ligadas al crecimiento de la producción, como la apertura comercial, mayor productividad de los servicios públicos y el mantenimiento de un reducido déficit fiscal para que el equilibrio macroeconómico contribuya a expandir la producción.

Parte del incremento en la recaudación proviene del denominado impuesto inflacionario. Pero si la inflación bajara en el futuro, se reducirá también la recaudación nominal. Por eso es importante poner atención a la expansión del gasto y la estructura de las erogaciones. En principio, no debería asumir el Estado gastos permanentes (sueldos, salarios, transferencias, obligaciones financieras) amparados por una tasa de recaudación que podría resultar insostenible. En el primer semestre se registró un crecimiento de los gastos totales, incluyendo intereses del 25%. Ese porcentaje es muy elevado en relación con el crecimiento real (6,3%) y nominal del PIB (18,8%). Si, por ejemplo, repuntaran las tasas de interés por alguna razón (actualmente son muy bajas en términos reales), ese rubro podría presionar el gasto hacia arriba. Además, ciertos gastos individuales han crecido a tasas muy elevadas, como las transferencias a las universidades (25%), pensiones (15,5%) y el renglón denominado “otros gastos”, que alcanzó una expansión del 85%. El problema, desde luego, es que muchas de esas partidas incorporan erogaciones de carácter permanente (como planillas y los correspondientes gastos de la seguridad social) y no se podrían revertir fácilmente si mermara la recaudación.

De ahí la importancia de planear muy bien el monto y la estructura de gastos de cara al futuro. El ministro de Hacienda, Guillermo Zúñiga, adelantó que, según los planes oficiales, los gastos sociales tenderán a aumentar y el superávit del primer semestre se convertirá en un déficit en la segunda parte del año, posiblemente alrededor de un 1,3%. A lo anterior hay que apuntar la reducción en el superávit del resto del sector público (que anteriormente servía para conjugar el faltante del Gobierno Central) más el déficit del Banco Central, que se mantiene elevado (1% del PIB). Y si se agrega el hecho de que la reforma del Estado aún brilla por su ausencia, que no se han revisado sus fines esenciales ni el papel de las instituciones, el volumen de su burocracia ni la eficiencia en la prestación de servicios, no se tiene un panorama claro de las finanzas públicas.

En ese contexto, al Gobierno le corresponde hacerle al país un planteamiento comprensivo de cómo sostener los buenos resultados que, hasta ahora, ha logrado en las finanzas públicas. Sería insuficiente (y decepcionante) si se limitara a exigir nuevos impuestos.

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