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El precio de una mentira

No debe de haber peor cosa que morir sin saber por qué

Juan Carlos Araya Castillo
arayapat@racsa.co.cr
Administrador de empresas

En las elecciones de inicio de milenio, la mayoría de estadounidenses votó por un candidato demócrata, pero un republicano las ganó gracias a la ayuda del polémico sistema denominado “Colegio Electoral”. Con George W. Bush empieza el mundo una andanza de desesperación y muerte, en una serie de conflictos bélicos originados por su padre, pero que él ha sabido multiplicar en perjuicio de países, pueblos y seres humanos.

Ayudado por la reelección –porque el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra– da continuidad el Presidente a una guerra de la que pocos conocen la verdadera causa, pero que da cuenta de decenas de miles de ciudadanos, de distintos países, que han pagado con sus vidas. Pobre gente, condenados a morir y sin saber por qué; no debe de haber cosa peor.

Pago por pecar. EE. UU. es la mayor economía del mundo. Muchas de las grandes potencias apoyan solidariamente sus decisiones, tanto por razones legítimas como de conveniencia mutua. Países como Inglaterra y España fueron de los que más prestaron atención a Bush en sus cuentos de guerra. Sus habitantes, incluidos los de la súperpotencia, han pagado con sangre las mentiras de sus gobernantes, como víctimas inocentes de cobardes actos de terrorismo y a través de la participación activa de sus hijos en los distintos conflictos armados en que se han visto envueltos.

Por esa razón, personajes como José María Aznar y Tony Blair fueron excluidos por sus electores como representantes de sus decisiones, mientras que Bush pasará pronto a formar parte de esa lista debido al vencimiento improrrogable de su período presidencial. No es de descartar que en las próximas elecciones los estadounidenses voten por una mujer para presidente, por primera vez en la historia, porque siempre es necesario el toque femenino para alimentar la esperanza y para poder volver a soñar. Mientras tanto, llegará el día en que el ser humano aprenda que la violencia no se apaga con más violencia, sino respetando el derecho ajeno, con tolerancia y libertad.

Justos por pecadores. Gran cantidad de los opositores al TLC en Costa Rica no dominan las consecuencias del tratado; mucho menos sus detalles. También es sabido que en la decisión de los que siempre dicen “no”, influye la antipatía hacia el país que en este caso funge como contraparte, al que amarran a la figura del presidente Bush. Sin embargo, debemos ser justos en saber diferenciar al personaje del país, recordando que EE. UU. ha traído enormes beneficios a Costa Rica, que depende de un modelo exportador para subsistir y para lo que requiere contar con acceso a los mercados más importantes del mundo.

No debemos dejarnos vencer por los pesimistas, por aquellos que dicen “no” al desarrollo y “no” a la generación de riqueza. Si no aprobamos el TLC cometeremos un error trascendental, porque estaremos restando a nuestros hijos la posibilidad de vivir en un país con mayores posibilidades de surgir que la que tienen hoy en día. Aunados a la aprobación del TLC, vendrán otra cantidad de beneficios, implícitos y explícitos, que los costarricenses sabremos aprovechar. Por lo anterior, aprobemos el tratado. No hagamos pagar a las nuevas generaciones de costarricenses con el infame precio de una mentira.

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