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Hablemos sobre las drogas Víctor Hugo Murillo S. vhmurillo@nacion.com Tres informaciones publicadas en nuestra edición de ayer no dejan ninguna duda sobre la arremetida del narcotráfico: “Policía decomisa 18.485 pastillas de éxtasis...”, “Extranjeros portaban 50 óvulos de cocaína”, “Camión llevaba tonelada de cocaína en el techo”. Hay abundancia de droga, tanto aquella que va de paso hacia otros mercados como la que tiene por destino a los consumidores locales. La encontrará natural o sintética, para clientes de fuerte poder adquisitivo y también para quienes pueden comprar su piedra o cigarrillo con el producto de un “cadenazo”. Entonces, la oferta no es problema alguno para los clientes –potenciales o iniciados–. Frente a tal realidad, los padres de familia, quienes se supone son los más cercanos a sus hijos, encaran un gran desafío. Siempre he sido del criterio de que es ineludible hablarles abiertamente, sin miedo, sobre el fenómeno de la drogadicción. Lo primero es no ocultarles que los narcóticos están en su derredor, al acecho y que nadie está exento de la posibilidad de caer en esas garras. Mas eso no es suficiente; también hay que proveerles de antídotos para que aprendan a identificar la amenaza y cómo saber responderle. La primera línea de defensa tiene que establecerse en el hogar; pero, si en este no hay comunicación, amor y confianza, allí mismo existe una gran debilidad que evidentemente puede beneficiar al enemigo. Ni se diga si ese entorno está desintegrado. Los progenitores debemos inculcar valores como la importancia del estudio y del trabajo; prevenir contra la tentación del dinero fácil y la fama que surge como pompas de jabón, y nunca renunciar a la tarea de orientar. Ante aquella presencia amenazadora, a los hijos tenemos que enseñarlos a discernir, a que comprendan que la vida en mucho se asemeja a los anaqueles de un supermercado: existe una amplia y variada oferta, pero esta no obliga a adquirir todo cuanto se nos expone. En esta era contemporánea, cuando las comunicaciones se producen al instante, es conveniente que revisemos si la más importante –dentro del hogar– realmente existe. Otras instancias, como escuela, iglesias y autoridades, son parte del frente. Pero la primera trinchera están en casa.
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