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Opinión Arnoldo Rivera arivera@nacion.com Periodista El martes pasado los dirigentes de la Unafut (faltaba más) probaron que siempre es posible desmejorar la mediocridad: a partir de la nueva temporada que se inicia el próximo sábado habrá dos campeones nacionales. Luego de la brillante idea del año pasado de clasificar a ocho equipos a la segunda ronda de los torneos de Apertura y Clausura, los dirigentes anuncian la medida como la fórmula del doble monarca para elevar la competitividad del futbol de Primera División. El argumento es tan risible como fuera de lugar. Si la cantidad fuera sinónimo de calidad, pues ¿por qué no celebran un torneo cada tres meses y así habría cuatro campeones y más pelea? Mejor aún, con un campeonato al mes tendríamos 12 campeones y la competencia se elevará al infinito. ¿Ven que no cuesta nada tener ideotas? El fondo del asunto reside en la ambición de los dirigentes de los equipos bien llamados pequeños en lograr un titulito, no importa que esté partido por la mitad. La cosa es henchir el pecho y poner, como corresponde, la respectiva plaquita que inmortalice la gesta del visionario directivo que hizo al clubcito campeón. No en balde los principales defensores de la reforma provienen de equipos pequeños: Joaquín Hernández y Minor Vargas. Como en 1973, con el “golpe de la bajura”, los chiquitillos se salieron con la suya. De verdad. Si las intenciones fueran serias y la idea de elevar la competitividad sinceras, el combo sería completo: dos descendidos por temporada, uno por cada torneo corto. Sin embargo, eso es algo que ni por asomo se menciona. ¡Dios los libre de tales pensamientos! ¿Por qué? Porque sencillamente si arriba puede darse la casualidad de que un equipo pequeño se deje un título, el descenso sí le toca a un club chico. La Segunda División es tan generosa como la calle: nunca rechaza a nadie. Que quede muy claro que todos los clubes, sin excepción, son importantes y dignos de respeto. Sin embargo, un título debería ser el fruto del esfuerzo, de una competencia en condiciones equitativas y una planificación seria. Todo ello muy lejos de la realidad del futbol de Tiquicia. ¿Qué cada torneo en el que la Selección participe, de cualquier categoría, es sinónimo de fracaso? Importa un bledo, porque ahora tenemos dos campeones nacionales al año. ¡Aleluya!
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