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Polígono Fernando Durán Ayanegui ferduraya@racsa.co.cr Absolución Un prestigioso semanario inglés resumió hace tres meses un informe de la Internet Watch Foundation (IWF) sobre la mercancía para pedófilos que se ofrece en la web. En él se destaca que en 2003 “el 7% de las páginas pedofílicas incluían el más alto nivel de elevada violencia (abuse )”, en tanto que en el 2006 ese índice se había cuadruplicado (29%). Para el presidente de la IWF, los datos recogidos muestran que entre los pedófilos hay un “creciente apetito por la clase más violenta de imágenes”. Comenta, además, que la edad de los niños exhibidos en esas páginas tiende a ser, de manera predominante, inferior a los 12 años, y que los sitios comerciales en los que se venden tales imágenes son “cada vez más permanentes”. El informe indica que el 82% de los infames sitios web investigados se originan en EE. UU. y Rusia. Resulta, entonces, que en el seno de la “civilización occidental y cristiana”, enriquecida ahora con el aporte de la otrora satánica Rusia, la niñez se encuentra bajo una amenaza de depredación física y moral sin precedentes en la historia y, como sucede con cualquier eclosión de criminalidad específica, en este caso no queda más remedio que señalar la inmunidad y la impunidad como fuentes de una descarada aplicación del principio según el cual lo normal es aquello que la realidad impone. De hecho, se cuenta que en un pequeño, plano y ejemplar país de la civilizada Europa occidental ya existe un partido político de orientación pedofílica, una de cuyas reivindicaciones es precisamente la reducción, a 12 años, de la edad mínima legal para el libre consentimiento sexual. Para dotar de orla dorada a esta nueva y alucinante “normalidad”, nos informa la prensa internacional que la Iglesia Católica de Estados Unidos –la más rica del mundo– ha pagado ya dos mil millones de dólares para evitar que sean llevados ante la justicia laica numerosos sacerdotes acusados de pederastia. Lo más grave de esta posición de la jerarquía religiosa norteamericana es que podría despertar en las gentes del mundo la idea de que la pederastia no es pecado, ni es, por otras razones, censurable si quien incurre en ella cuenta con la protección de un pariente rico o una institución con mucho dinero; o la convicción de que la justicia, quizás por ciega, se encuentra en las garras de los poderosos. Por lo demás, en el período de decadencia final del Imperio otomano muchos altos funcionarios hacían ostentación de poder mediante la mostración de sus niños-efebos de encantadora apariencia mediterránea, y no por ello se detuvo la historia.
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