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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Lo que los hechos proclamaban día y noche, con evidencia clamorosa, ha quedado documentado. La Asociación Nacional de Empleados Públicos y Privados (ANEP) había decidido convertirse en “proyecto político”. Así, sin tapujos, aunque en secreto. ¿Tienen derecho? Por supuesto que sí, pero no como sindicato. Ahí está la trampa. Lo que es, es, y lo que no es, no es. Así lo determinó la junta directiva del período 1998-1999, con Albino Vargas, líder indiscutible hoy del “no” al TLC, a la cabeza. Si se repasan todos los episodios de ANEP de ese tiempo a esta parte, se comprobará claramente que las palabras y actos de esta asociación se han enderezado a este objetivo concreto. Ha habido, pues, coherencia plena, entre este propósito y los hechos. El documento que así lo declara se denomina “Normativa de compromiso general de acatamiento obligatorio para el desarrollo del proyecto político de ANEP (Código de honor)”. En su introducción se lee: “De cara a la llegada del siglo XXI, la ANEP representa un proyecto político en desarrollo, de carácter general y popular, que aspira a aportar en la generación de un contrapoder al proyecto político representado por el bloque neoliberal que controla los destinos de nuestra querida Costa Rica…”. Luego, vienen “los compromisos de carácter político”, cuya “infracción constituye un acto de deslealtad político para con el proyecto político en desarrollo que propicia ANEP, lo cual nos inhabilita para seguir abogando por su causa, debiendo abandonarlo”. La redacción es un desastre, pero el objetivo es claro. Este compromiso “adquiere un carácter de militancia política…”. Figura un capítulo sobre los compromisos de orden ético, laboral y convivencial, donde se explicitan los valores de la lealtad y la obediencia a “las figuras de autoridad política y administrativa designadas por los organismos de dirección del sindicato”. En el transitorio 3 se aprueba gestionar “un crédito bancario de varios millones para procurar el contenido económico…”, lo cual abre un capítulo mágico en estos años de la ANEP: ¿Cómo se han administrado sus bienes y recursos? ¿Cuál ha sido la legalidad y apertura democrática de sus asambleas? ¿Se han pagado fielmente las cuotas sagradas de la CCSS? Distingo entre el auténtico sindicalismo, en beneficio de los trabajadores agremiados, donde figuran dirigentes de valía, y el otro, el que ha desnaturalizado este movimiento y, además, pretende la representación de los trabajadores y aun de los costarricenses. Un sindicalismo, por cierto, cercano al corazón de los sindicatos norteamericanos, los mismos que luchan contra el TLC en Costa Rica.
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