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Enfoque Jorge Vargas Cullel jovargas@nacion.co.cr. En Costa Rica entramos en la era del “sospechosismo”. La expresión se la oí hace pocos días a un intelectual mexicano a propósito de su país, pero la creo válida aquí. El “sospechosismo” postula que todas las personas (especialmente las que no son clones míos), sus actos e intenciones son siempre maledicentes, un diez con hueco. Esta clarividencia me deja bateado: hoy, muchos dicen saber los motivos del prójimo y plantean que éstos son los peores. Al igual que Pancho Villa, el “sospechosismo” primero “ajusila”, pero, a diferencia de aquel, después no “agüerigua”. El muerto bien muerto está y, si muerto está, por algo será. Los angloparlantes llaman a esocharacter assasination . El “sospechosismo” parte de una división ontológica entre nosotros y los otros: de partida, a los otros no se les concede el chance de un buen argumento, menos de un argumento honesto. El “sospechosismo” torna hasta el “buenos días” en una expresión para recelar: ¿por qué “buenos”? ¿Qué es lo que realmente quiso decir? ¿Por qué solo días y no meses? ¿Qué es lo que oculta detrás de ese arbitrario plazo? Si, además, formulo las dudas con voz grave y deslizo un tecnicismo, paso por inteligente. Es una pose intelectual que torna al deconstructor de discursos en un profundo pensador, capaz de reconocer entuertos ahí donde nadie los ve. Por este método, fácilmente todo, hasta el “buenos días”, adquiere una dimensión malévola y esencial. La apertura de relaciones con China es, en realidad, un negociazo del canciller Stagno; toda resolución del Tribunal de Elecciones, una conspiración de los Arias; los del “no” dicen “no” porque son fichas de Chávez. ¿Fulanito de tal? Un corruptazo... No queda títere con cabeza. ¿Pruebas? No joda, Vargas, no se necesitan. Reconozco que el “sospechosismo” no nació de la nada. La clase política se ganó a pulso, con falsas promesas y negociados, el clima de desconfianza que nos atenaza. Pero eso no quita que sea una respuesta estéril, paralizante. Su consecuencia es que nada se mueve porque todos y todo están deslegitimados de partida. ¿Su resultado colectivo? Mucho ingenio retórico que nos lleva a ninguna parte. Y es que el “sospechosismo” es una cosa y el escepticismo con el poder es otra. Una democracia se beneficia con ciudadanos escépticos de sus autoridades, que no se creen los cuentos. Sin embargo, el escéptico abre la posibilidad de ser persuadido y, con ello, la posibilidad del diálogo. Duda por instinto, pero no descalifica como método. Para el “sospechosismo”, la duda es asunto de pendejos. Necesitamos airear el asfixiante clima político que crea: nos imposibilita el diálogo.
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