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El juramento hipocrático Un maestro comprometido con los niños, en especial con los más humildesEdgardo Moreno Investigador, UNA Murió Memo, también conocido como el doctor Guillermo Robles Arias, distinguidísimo pediatra que, junto con Carlos Sáenz Herrera y otros reconocidos médicos, fundaron el Hospital Nacional de Niños. Además de gran maestro, fue el primer director de la Sección de Pediatría del Hospital México, decano de la Facultad de Medicina de la UCR y promotor tenaz de la seguridad social y de la medicina comunitaria de este país. Sin embargo, su mayor compromiso fue siempre con los niños, en especial con los provenientes de los hogares más humildes. Conocí a Memo hace apenas 8 lustros, precisamente en las puertas del entonces recién estrenado Hospital Nacional de Niños. Guiller, el hijo mayor de Memo, y yo habíamos emprendido un viaje sin escalas por tierra desde México D. F. Ahí estábamos con el pelo largo y sin baño, procurando convencer sin éxito al gendarme que resguardaba la entrada del Hospital de que no éramos indigentes. Vestido con su impecable gabacha y su corbatín de moño, finalmente llegó a rescatarnos, algo que sabía hacer muy bien. Al igual que todo el mundo, lo primero que obtuve de él fue un regaño; lo segundo, un abrazo cariñoso en que nunca cejó y que me ha anclado a este país desde entonces. Tórsalos, niguas y piojos. Es posible que muchos jóvenes (y algunos más viejos) no conozcan la trayectoria de esta raza de médicos, la mayoría de ellos educados en otras latitudes como México y Chile. Memo y varios como él, después de concluir su jornada de trabajo, salían los fines de semana armados con estetoscopio, una barra de jabón y un maletín lleno de vacunas, a las regiones más recónditas y humildes para dar atención a las madres y niños de este país, que todavía se vanagloria de su sistema de seguridad social. Ahí, en las escuelas, los centros comunitarios o en un simple rancho se armaban los consultorios. Y como una fiesta se acercaban las comunidades, y los güilas desfilaban, unos mustios y otros llorosos, algunos con las panzas hinchadas de parásitos, otros con tórsalos en la cabeza y unos pocos con niguas y piojos. Mientras el otro Memo, el doctor Juan Guillermo Ortiz Guier, y su grupo se concentraba en San Ramón y regiones aledañas a Puntarenas con su “Hospital sin Paredes”, el verdadero Memo y su grupo, conformado en su mayoría por jóvenes médicos y enfermeras de la UCR, CCSS y del Ministerio de Salud, concentraron su labor asistencial en Guanacaste. Ahí es en donde más lo recuerdan las comunidades, no precisamente las de los hoteles lujosos que ahora ostentan nuestras playas, sino la de los humildes y olvidados que aún persisten bajo la sombra de los nuevos edificios. Para esos años y gracias a los esfuerzos de esta casta de tozudos visionarios, el fantasma de la desnutrición, las parasitosis, diarreas bacterianas y enfermedades catastróficas como la poliomielitis, tétano y tosferina se volvieron en su mayoría historia patria, asunto del pasado, “padecimientos raros” que Costa Rica orgullosamente había logrado vencer. Dolorosa extinción. Sin embargo, ahora nuestro escenario ha cambiado y no precisamente para bien. Algunos de los males que habíamos erradicado, como la malaria, el dengue, ciertas parasitosis y diarreas, han vuelto a enraizarse en nuestra población y otras calamidades, como el sida y la malnutrición, emergen como nuevas amenazas. Y nuestro sistema de asistencia social se deteriora a pasos de gigante, porque no hemos sabido capitalizar los esfuerzos de aquellos que, como Memo, nos enseñaron que el camino de la solidaridad es el camino de la paz social y que cada minuto que perdemos en restablecerlo es un niño que se muere. El vacío que tengo no se debe únicamente a que Memo, mi “papá putativo”, como decía él, ya no está con nosotros, sino al vértigo que siento de que esa raza solidaria y amorosa de seres humanos que entendía que los niños de Costa Rica se merecen un futuro mejor y que el dinero es un medio y no un fin, sea una especie en extinción.
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