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La justicia en un vaso de agua Eduardo Jiménez Chavarría jceduardo@ice.co.cr Contador público Después de casi cuatro años de paciente espera y diligentes trámites, la empresa para la que laboraba fue condenada –¡uf!– al pago de prestaciones, daños y perjuicios, intereses, así como a cubrir las costas del proceso laboral que inicié en su contra. No fue nada del otro mundo, sino un caso laboral sencillo, en el que mediaron más el hígado y la arrogancia del patrono que los buenos argumentos y la razón. Al final se cumplió la palabra de mi abogado: un caso fácil de ganar, solo necesita un poco de paciencia, vaticinó. Pero algo insólito y necio ha opacado esa íntima satisfacción que uno siente cuando le hacen justicia. Esta semana se cumplen 45 días desde que la empresa condenada –previo embargo de sus cuentas bancarias–, hizo el depósito judicial y, adivinen qué: ¡el juzgado no me ha entregado el dinero! “Es que el juez tiene que dar la resolución y notificar a las partes, llámese en ocho días hábiles, a ver cómo nos va”, me dijeron la última vez. Culto a la majadería. Uno puede entender que los juzgados estén recargados y tengan sus limitaciones presupuestarias –aunque sí hay plata para jardincitos, plazas y remodelaciones–, pero esto es un verdadero culto a la majadería. Si ya hay sentencia en firme, si ya un juez decidió quién debía pagar a quién, ¿para qué diantres se requiere otra resolución que repita lo que el fallo ya dispuso clarito y sin lugar a dudas? Si el dinero ya está en el juzgado, entonces, ¡a lo que vinimos señores! Muéstreme su cédula, tome y vámonos. ¿O hará falta otra resolución para que consulten a las partes qué les pareció el proceso? ¿Y otra para que me consulten si estoy dispuesto a recibir el dinero? Si me dicen que la ley es la ley, yo les digo que la estupidez es la estupidez y la idea es que lo uno no se mezcle con lo otro. ¿Cuántos miles de casos andarán dando vueltas por ahí por la misma tontera? Un poco de sentido común no les vendría mal a esas toneladas de expedientes que engordan y envejecen más de la cuenta por escritos y resoluciones redundantes. Otra resolución... Y en perfecta sintonía con lo expuesto, un último detalle. Los intereses –que obviamente se me deben reconocer–, todavía no se han liquidado. “Esa es otra resolución. Es que el juez –en el fallo– no indicó a partir de cuándo se debían calcular: esté preguntando cada quince días…”. En fin, luego de ver naufragar a nuestra administración de justicia en un vaso de agua, uno se aterra al imaginársela lidiando con casos graves, delicados y complejos.
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