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La hermenéutica del TLC Osías Segura osiasegura@hotmail.com Teólogo Interpretar un texto no es fácil. ¡Créanme, soy teólogo! En mi quehacer se leen muchos textos e interpretaciones, teológicos y sociales, pues la Teología nunca se construye en el vacío. El contexto y el texto siempre deben dialogar. Ante la llegada del famoso referendo por el TLC, me propuse leer lo que más podría llamarme la atención del texto de 3.000 páginas (5 tomos en 22 capítulos) del Tratado de Libre Comercio con EE. UU. Este texto se produjo del 8 de enero al 12 de diciembre del 2003. Se celebraron nueve rondas de negociación para crearlo. En todo este tiempo, no sé si muchos sectores de los que hoy se oponen al TLC estaban, como diríamos los ticos, “detrás del palo”, o bien, sin mínima idea de que podrían, de algún modo, participar en su creación. No llevaba muchas secciones del tratado leídas, cuando noté que me encontraba en total ignorancia. Podía entender lo que decía, pero me encontré a ratos totalmente incapaz de interpretar las implicaciones o repercusiones del texto, en nuestro contexto. Soy ignorante, desde luego, de la jerga del derecho y la economía internacional. También me encontré a un economista y a un abogado amigos míos, que leyeron secciones del texto, y me comentaron que tampoco podían interpretarlo con detalles. Algunas secciones les eran claras, otras les generaban muchas preguntas. Necesitamos precisamente expertos exegetas de estos documentos modernos, que nos ayuden a interpretarlos. Pero ¿quién podrá ayudarnos? Ideología condicionante. La cosa se complica, pues al entrar en interpretación de textos, siendo el lenguaje un complejo sistema de símbolos, y entendiendo que nada se lee en el vacío y que el contexto sociocultural del lector condiciona su lectura, no me queda más que decir: la ideología del lector condiciona su lectura. ¡Lo mismo nos sucede a los teólogos! Así que pronto nos inundará la publicidad para votar sí o no por el TLC. Es decir, recibiremos un bombardeo de interpretaciones del texto. Algunos extraerán secciones, fuera de su cotexto y su contexto, y nos demostrarán lo demoníaco o divino del TLC. Nos asustarán con interpretaciones de los últimos días que vendrán a la economía nuestra si votamos “no”. La bestia y los jinetes se manifestaran y la luna se llenará de sangre y vendrá el fin. Pero si votamos “sí”, la nueva Jerusalén bajará a nuestro suelo y una nueva tierra y nuevos cielos marcaran el inicio del paraíso. ¡Debemos salvarnos! Pero ¿qué tal si el TLC es el anticristo en vez del Cristo? ¿Nos ayudarán los sabios del texto a discernir el TLC? Sin comparaciones. Se ha predicado precisamente la prosperidad de Costa Rica si aprobamos el TLC. “Siembre su semilla, vote, y cosechará los frutos de la prosperidad”, dirán algunos profetas. Pero ¿quién prosperará y quién no? ¿Nos veremos todos beneficiados? ¿Qué nos dice la realidad mexicana? Ah, esa es otra realidad, y hasta el mismo texto (que no lo es) podría aplicarse ciertamente de forma diferente. ¡Así que comparaciones no tienen cabida en un buen argumento si consideramos diferentes contextos sociohistóricos y culturales! ¿Qué podríamos hacer: votar “sí” o “no”? ¿Me conviene a mí, egocéntricamente hablando, el TLC, o me deberían importar los que no se verán beneficiados ahora, y en los años por venir? ¿Debería salir a votar o votar desde mi casa al no participar? Pues que nadie juzgue mi voto según mi propia interpretación del TLC, ya que me esforcé por entenderlo sin que nadie pudiera ayudarme a interpretarlo bien o mal. “El que tiene oídos para oír que oiga”.
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