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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Si el cónsul de Costa Rica en Managua, Víctor Láscarez, no ha leído a Einstein, sí aplica sus sentencias puntillosamente. “En los momentos de crisis –dice Einstein– solo la imaginación es más importante que el conocimiento”. Además, bajo los efluvios de Ortega y Alemán, la pareja de la piñata, su imaginación creadora alcanzó en Managua velocidad de crucero. Carente de timbres y aquejado por la prohibición del Ministerio de Hacienda de cobrar para sí el 5% de cada trámite consular, nuestro cónsul recurrió a un expediente singular: la retención de ese porcentaje para depositarlo, en un santiamén, en su cuenta personal en un banco. Sus declaraciones rebosan claridad y lógica: “La gente llega con los $20 a comprar el timbre consular –expresó– y lo que le vendo es el servicio. Yo agarro la plata y la deposito en mi cuenta. Y si la deposito en mi cuenta, no cobro el descuento del 5% en el timbre, sino que cobro la intermediación financiera que cobra un banco y punto”. Y así, de puchito en puchito, pasa de un salario de ¢1,7 millones a ¢4,7 millones. Intermediación financiera. Esa es la palabra sacramental. Un método autónomo y autóctono, sin ley, sin permiso y sin zarandajas burocráticas. ¿Estado de derecho? ¿Para qué? Mejor, derecho de pernada. Y, además, un homenaje a la coherencia, pues, en los albores de su cargo, declaró sin tapujos que aceptaba el consulado en Managua ya que estaba mal de plata. Conclusión de Einstein: la crisis aviva la imaginación. Algunos pondrán el grito en el cielo por tanta frescura y por este abusivo eufemismo: intermediación financiera, pero ¿no es lo mismo que han hecho otros de mayor vuelo y valimiento con otra expresión menos elegante? ¿Qué hizo Quintaval- le sino echar a volar, rauda y potente, su imaginación? Ahora, la Policía lo busca con afán. Otros compatriotas, sin embargo, sin oficio ni herencia conocidos, pero más imaginativos, han amasado fortunas, disfrutan de mansiones en el interior o en el exterior, y han puesto a buen recaudo suculentas cuentas bancarias, y nadie los busca. Más bien, se proclaman adalides de los pobres y de la soberanía, sin comunicarnos el secreto de su intermediación financiera. La imaginación de aquellos que ven el precio de todo y el valor de nada. Ahí está el busilis. Con ella, con audacia y con una “concha” marmórea, por donde corre el agua a cantaradas, es posible dar el salto y refugiarse en un condominio hermético hecho a su medida, del que ha desaparecido la mordedura de la culpa pues la conciencia, esa bendita y potente vocecilla interior, que golpea y nos alerta a tiempo, ha enmudecido. Son los cínicos. Gente muy especial, cuyos especímenes vienen y van.
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