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/LA NACIÓN

Sobrevivir al referéndum

Se han dejado de lado los argumentos para asumir férreas posiciones

Yalena de la Cruz
yalenadelacruz@yahoo.com
Odontóloga

Antes me preguntaba cómo sería el día después de la aprobación (para mí el resultado estuvo siempre

“anunciado”: 38 votos a favor) legislativa del Tratado de Libre Comercio. Hoy, en cambio, me cuestiono si sobreviviremos al referéndum, a pesar de que con él deberíamos ganar en democracia y participación.

Y es que, conforme pasan los días, se han dejado de escuchar los argumentos para asumir férreas posiciones que tienen polarizada a la población, a un punto tal que a bautizos y a matrimonios se invita con la petición de “no hablar del TLC”.

¿En qué nos hemos transformado que ya no podemos tener tolerancia al argumento contrario? Nos hemos divido entre “buenos” y “malos”; “patriotas” y “antipatriotas”. Quienes han opinado, han sufrido ante los ojos de la sociedad el espejismo de ser simultáneamente Dr. Jekyll y Mr. Hide, y se han granjeado amigos o enemigos coyunturales a su definición electoral sobre el tratado.

Aceptación. Y yo sigo con mi angustia sobre qué pasará después. Si el resultado se da por una votación de más del 40%, no habrá duda alguna; pero si esa votación es menor, la ratificación del Tratado será definida en la Asamblea, no importa cuál haya sido el resultado del referéndum. ¿Estaríamos en capacidad de aceptar que la gente que no votó delegó la responsabilidad, de nuevo, en la Asamblea? ¿Tendremos la madurez para aceptar las reglas del juego democrático?

Mi preocupación va más allá. Quienes adversan el tratado, lo hacen por el impacto negativo que prevén para algunos sectores. No obstante, con tratado o sin él, los problemas que dificultan la competitividad de algunos grupos prevalece. El Gobierno ha intentado luchar contra la deserción educativa por medio del programa “Avancemos” y ha hecho esfuerzos contra la pobreza y el tugurio; pero no son suficientes para contar con un recurso humano competitivo para un país que aspira a un desarrollo basado en su capacidad tecnológica y de venta de servicios. Y ni qué decir de los problemas de aeropuertos, puertos y carreteras.

Asusta que no se haya insistido con la vehemencia, oportunidad y urgencia que amerita en la serie de reformas que deben hacerse para que quienes ven en el tratado una posible amenaza adquieran los instrumentos en los ámbitos del conocimiento, la tecnología, la infraestructura, el acceso al crédito o cualquier otro requerido para que las reglas comerciales de la globalización se transformen en una oportunidad que genere más producción, más empleo y más riqueza distribuida, con base en la real competitividad de las micro-, pequeñas y grandes empresas.

Exigencia. La consigna nacional, más allá del referéndum, debería ser la exigencia de las reformas en infraestructura (puertos, aeropuertos, carreteras, muelles, ferrocarriles, etc.), banca (de desarrollo), en educación (de calidad y sin exclusiones), en tecnología (incluida la modernización del ICE) que urgen para mejorar la competitividad. La incorporación en la economía global debe ser humana y ambientalmente sostenible.

Pero, más allá de todo esto, me pregunto si en el plano personal volveremos a ser los mismos. ¿Acaso podremos volvernos a reír y a compartir? ¿O quedará tristemente dividida nuestra sociedad y estigmatizados cada uno de nosotros? ¿Seremos capaces de escuchar un recital musical sin pensar en las preferencias de quien lo ejecuta, o capaces de apreciar un cuadro independientemente de quién lo pintó? La respuesta evidenciará la madurez de nuestra democracia y de nosotros mismos. De la capacidad de poder hacerlo y tolerar la diferencia de opinión dependerá que como sociedad sobrevivamos al referéndum o, por el contrario, nos transformemos en la sociedad dividida de 1948, aunque con otras banderas, y en la antesala de la peor ingobernabilidad que pudiéramos imaginar.

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