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La identidad de la Iglesia El acercamiento entre religiones no oscurece la realidad de cada unaAlberto Casals Presbítero La lectura del documentoDominus Jesus de la Congregación para la Doctrina de la Fe (2000), así como la nueva nota doctrinaria, titulada “Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia” (2007), produce aliento y serenidad en la búsqueda y recuperación de la verdad, que ya parecía se nos esfumaba, envueltos como estamos en medio de una cultura occidental relativista, para la cual no hay nada que sea verdad y, por tanto, nada que defender, si no es renunciar a todo menos al vacío y pesimista pensamiento relativista. Reanima encontrarse con escritos que, siendo profundos y ordenados, si se leen con calma y sencillez, y sin prejuicios históricos, resulta que están al alcance de ser entendidos por un buen lector. Con buena voluntad. La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que en las diversas religiones del mundo hay de santo y verdadero. Siempre se ha pensado que en toda religión, acogida con buena voluntad, hay un deseo implícito de caminar hacia la plenitud de la verdad, y sería un auténtico desengaño para todos decir a los hombres de buena voluntad que renuncien al perfeccionamiento de su trayectoria a Dios, pues se perdió la meta final de esta búsqueda, que de todos modos es connatural al ser humano. El documentoDominus Jesus nos quiere ayudar a superar el relativismo imperante y pone ante nuestros ojos la identidad de la Iglesia Católica, como ha sido fundada por Cristo, el Verbo eterno, desde hace 21 siglos. Es como una defensa de la identidad cristiana. Mostrar esa realidad a todos de modo que, una vez conocida, pueda tomar cada uno su libre decisión, es un buen servicio a toda la humanidad. Caridad y comprensión. Parece lógico que el acercamiento entre las diversas religiones, como se ha forjado en los últimos tiempos, no implica un oscurecimiento de la realidad que es cada una de ellas. El respeto mutuo, como expresión de la caridad y comprensión, evitando las polémicas destructoras del pasado histórico, no tiene porque implicar la renuncia a exponer en su plenitud la verdad histórica del Verbo encarnado y su revelación dirigida a los hombres de todos los siglos. Tolerar no es lo mismo que ignorar y muchas veces consistirá en respetar y convivir con personas y culturas cuya mentalidad discrepa de la propia. Para que haya un verdadero diálogo es preciso manifestar la propia identidad y esto es lo que hace la Santa Sede con estos documentos. Ahora lo que nos toca a todos es leerlos en su integridad y no perdernos en polémicas.
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