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La incómoda verdad María Virginia Portillo D. maria.portillo@Gmail.com Periodista Después del bombardeo mediático y corporativo de mensajes para preservar el ambiente, más la aparente confabulación de la madre naturaleza por hacernos ver (a algunos) que algo en el planeta no anda bien, vi el documental de Al Gore,Una verdad incómoda . Siendo confesa despilfarradora de agua como casi todos quienes hemos crecido con el privilegio de tener siempre el preciado líquido, siempre reacia a la idea de reciclar y adicta desde hace 2 años al vehículo propio, me sentí responsable en alguna medida del calentamiento global. De repente, pensé que de verdad la prole humana contamina con solo respirar. Quise ser planta para ayudar a la Tierra a eliminar un poco de dióxido de carbono de su aire, y así pensé en varias cosas que por más voluntad que uno tenga me son imposibles. Pasos iniciales. Pensé en comprar un “híbrido”, pero los precios no me dejan ni pensarlo; pensé en apagar el carro cuando esté en una presa, pero el carro no avanza cuando está apagado. Consideré comprar una bici, andar en patines o volver al bus, pero ni el tráfico, la carretera o la ruta del bus me sirven para llegar viva y en menos de 2 horas al trabajo. Por mi mente voló el combustible alternativo, pero de aquí a que lo tengamos disponible ya el mundo se acabó o media Costa Rica se hundió por el nivel del mar que sube y sube. Ahora, como el señor Gore sugiere, no hay que ser él o Leonardo Di Caprio para ser agente de cambio. Brilló una luz de esperanza en mí. Para no quedarme con las ideas de que “la intención es lo que cuenta”, “es que las autoridades no hacen nada al respecto” y creyendo en que las pequeñas cosas hacen la diferencia, me encuentro en un punto distinto. Apago luces… Veo los símbolos de reciclaje en los empaques y separo los desechos, apago luces que no uso, abro cortinas y utilizo solo un vaso de agua para cepillarme los dientes. Enjabono los platos sucios con el grifo cerrado y se acabaron los días de las cargas de ropa blanca, beige, gris, azul marino y negro. Ahora, es ropa clara y oscura. Meta: dos lavadas por semana, más la de los trapos por falta de tiempo para lavarlos a mano. Pienso proponer un programa de reciclaje en mi vecindario. Quiero que mi familia se entere de las cosas que estoy haciendo y lo fácil que es ponerlo en práctica. Deseo que algún día pueda ver, desde pleno San José, ahora sucio y contaminado, a Costa Rica como el país ecológico que todos pintan... o al menos que mis descendientes lo vean. Sobre todo, creo que mis nuevas “manías” ambientales van a hacer la diferencia y que este mensaje de alerta de Al Gore y de los tornados, las olas de calor y las tormentas torrenciales nos está creando nuevos hábitos a todos.
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