 Contaminación en el Lago Titicaca
(AFP)
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COHANA, Bolivia (AFP) -
En esta parte del Titicaca el agua corría y de hecho parecía un río -cuenta Rosendo Mendoza mientras va señalando- pero la contaminación lo ha cambiado todo: las totoras y la lenteja de agua comienzan a ennegrecer por las aguas vertidas desde las ciudades y eso es para su comunidad una gran amenaza.
Lo dice con resignación. Mendoza es el corregidor de Cohana, una población aymara de unas 350 familias que vive en la orilla del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, a 3.800 metros sobre el nivel del mar y con una superficie de 8.500 km2 en la frontera peruano-boliviana.
Mendoza alista su góndola y la vara con la cual la impulsará. Necesita, como muchos de los pobladores, pasar a la isla frente a Cohana, una enorme pampa donde pastan las vacas, fuente casi exclusiva de los ingresos de esta población. Los habitantes de Cohana se dedican a la fabricación de quesos.
En la isla unas pocas hectáreas son preparadas para algún cultivo mientras hombres y mujeres se apuran con el ordeño y otros ya están fabricando en los patios de las casas los quesos que venderán, según su tamaño, a precios que oscilan entre los 35 y los 55 centavos de dólar.
Los intermediarios vienen en camiones y se llevan la totalidad de la producción para venderla en La Paz.
Hasta donde alcanza la vista la isla es una enorme extensión de tierra resecada por el sol altiplánico, con pajonales que alternan con una capa salitrosa a la que llaman kellu.
La isla está rodeada de totoras, esos juncos acuáticos con los que los nativos en otras partes del lago han construido balsas y hasta islas flotantes.
Se ven a la distancia algunos flamencos rosados (pariguanas), pero son mucho menos numerosos que antes, según dice el corregidor.
Y a los lejos, la pequeña comunidad Wilajahuira, a cuyas inmediaciones llegan las aguas del río Katari en la temporada de lluvias. Sólo es en la estación seca cuando se aprecian las huellas del desastre: al retirarse el agua quedan en el campo toneladas de basura representadas en envases plásticos, bolsas, medicamentos o jirones de ropa.
Contaminación en la tierra y contaminación en las aguas.
"El problema es que con la contaminación las vacas se están contagiando de la faciola hepática", dice Mendoza a la AFP.
Conoce bien la enfermedad, los animales ingieren ese parásito y sus hígados se hinchan, y aunque no se mueren comienzan a enflaquecer y a perder pelo. Y además a dar menos leche, lo que significa menos quesos.
Unos 15 años atrás la comunidad tomaba el agua de la laguna pero ahora lo hacen de dos pozos. Las vacas, en cambio, toman del propio Titicaca y, sobre todo, comen la lenteja de agua (ocororo) o las totoras contaminadas.
"Acá han venido veterinarios a purgar las vacas pero igual éstas tienen que seguir comiendo de ahí", dice el corregidor, un hombre curtido por el sol, que acusa de todo el problema a las aguas que vienen de El Alto, la populosa ciudad vecina de La Paz, que las vierte en el río Katari.
En 2006 una comisión del gobierno nacional coordinada por el ministerio de Salud estudió 3.000 km de los ríos Katari, Seco, Seque, Pallina y Jalaqueri y concluyó que las aguas que vertían en la bahía de Cohana estaban contaminadas.
Según ese estudio, en Cohana se detectó "la presencia potencial de patógenos, como bacterias, virus o parásitos".
La paradoja es que todos esos totorales y el ocororo -convertidos en la maldición de Cohana pues contaminan su ganado- son los que contienen las contaminación allí y evitan que llegue a la parte amplia del Titicaca.
Para la gente de Cohana eso puede ser su perdición, porque si el fenómeno se queda allí acotado, limitado a ese rincón del lago, la necesidad de soluciones puede demorar.
Mientras tanto, ellos esperan. Con la tierra cada vez más seca y las vacas más flacas, la migración se impone.
Muchos habitantes de Cohana se han marchado, no a la cercana La Paz sino a Argentina. Se calcula que unos 300 cohaneños, hartos de la falta de oportunidades, viven actualmente en Buenos Aires.
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