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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com La información del lunes pasado de La Nación , en la página 4A, representa otro aldabonazo a la conciencia del país. ¡Ah, si quienes hoy se autoproclaman salvadores de la patria y defensores de la soberanía, en universidades públicas, sindicatos y sectores políticos, hubieran consumido el 10% de su tiempo y de sus recursos para rescatar la educación pública, qué servicio inigualable le hubieran rendido a Costa Rica! Nos hemos trenzado en una discusión sin fin sobre el TLC, en estos tres años, por el entorpecimiento y la estrategia del “no”, hasta desembocar en el referendo, que prolongará el debate, mientras las cuestiones radicales siguen en la lista de espera, en acecho no de un biombo rentable, sino de una cirugía mayor en el Estado solidario, que, desde hace muchos años, dejó de ser Estado, eficaz y garante de los derechos de la gente, y dejó de ser solidario, por el imperio del inmovilismo y del temor al cambio. Sabemos de los esfuerzos inauditos en el Ministerio de Educación Pública, en estos primeros 12 meses, para poner orden y actuar con transparencia, y restaurar la educación en su cobertura y en su calidad. Esta no es, sin embargo, solo tarea del MEP. El alud de problemas de toda índole lo abruma y los nuevos males, avasalladores, por la penetración de la violencia y de la droga, lanzan la misión educacional a una dimensión desconocida, que ha de poner en pie de guerra a toda la sociedad. Bien está la paz con la naturaleza, pero nos urge, a todo trance, ganar el combate por la paz, el respeto y la excelencia en nuestras instituciones educativas, públicas y privadas. En el Instituto de Guanacaste, de 1.700 estudiantes, unos 300 alumnos, algunos bien entrados en años, se matriculan no para estudiar, sino para vender drogas, realizar actos de violencia y agredir a los profesores, al amparo de la impunidad y aun de la complacencia o indiferencia de sus padres. También alumnos de séptimo año participan en estas aberraciones. La transmisión de conocimientos y de valores, el gozo del aprender, el diálogo fecundo entre el educador y el alumno, esencia de la educación, se convierte en un drama de miedo, violencia e inseguridad. Se está repitiendo en Liberia lo visto y sufrido en Pavas y otras instituciones. Inseguridad ciudadana, acometidas del narcotráfico en gran escala, descomposición de la educación pública y de algunas instituciones educativas, y desconocimiento de la institucionalidad democrática. El desafío es inédito y brutal. Honor a quienes han asumido el compromiso patriótico de enfrentar el reto en diversos frentes con sacrificio e hidalguía.
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