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Intervención en el San Juan de Dios

¿En qué queremos que se convierta esta Caja que es de todos?

Rodrigo Cedeño Gómez
Miembro de la Academia Nacional de Medicina

Hace pocos días apareció un espacio pagado en este periódico, de toda una página, con una firma responsable en el que, grosso modo, se hacía un llamado a educar para preservar los principios de la Seguridad Social, lo cual nadie discute. En la segunda parte se vuelve a hacer mención a la inquietud sobre la privatización y la compra de servicios, a los cuales no sabemos aún si la Caja tendrá que recurrir para mantenerse a flote. Lo que no está bien es rasgarse las vestiduras (incluyendo la gabacha) cuando no se ha sido fiel a la institución, propiciando, promoviendo, estimulando y practicando el “biombo”.

La intervención que la junta directiva de la CCSS solicitó en el Hospital San Juan de Dios, y que se está llevando a cabo, podría llegar a ser de consecuencias trascendentales para la institución y para todos los costarricenses. Esto depende de varios elementos: de la precisión, amplitud, profundidad y complejidad del instrumento con el que se haga el estudio, de los resultados que se obtengan (que ojalá nos los den a conocer), pero, sobre todo, de las medidas que la Caja adopte al respecto, ya que no dudamos de la calidad e integridad de los funcionarios a los que se ha encargado esta dura tarea. Si el objetivo principal del proceso es tan solo enviar a tres o cuatro personas a la hoguera, todo el esfuerzo habrá sido en vano. No nos parece que esto último sea verdaderamente consecuente con el estilo de actuar de la presente administración.

Enorme maremoto. El problema para la CCSS es que si el instrumento que se utiliza es el apropiado, saldrán, a no dudarlo, algunos resultados que se constituirán, no en una gran ola, sino en un enorme maremoto con el cual tendrán que lidiar las autoridades de turno. Sin embargo, esta sería la oportunidad de oro para la Caja, para dar el gran golpe de timón que los servicios de salud están necesitando.

¿Qué ocurrirá si el estudio concluye que se debe construir uno o dos hospitales en otro emplazamiento, en sustitución del San Juan, porque su planta física es insegura, inapropiada, insalubre y ya colapsó? ¿De dónde se sacará el dinero, si no se ha podido reconstruir la pequeña parte siniestrada del Calderón? Y si se dice que los equipos de diagnóstico y tratamiento están descompuestos, son inseguros y tecnológicamente pasados de moda, ¿se imaginan el costo de sustituir, ya no de reparar, todos aquellos aparatos que se conoce que no andan bien? ¡Ni qué decir de la carencia de materiales, insumos, reactivos y medicamentos apropiados!

Respecto a la escasez del recurso humano calificado que el estudio muy probablemente pondrá de manifiesto, ¿de dónde saldrá y cuánto se durará en formarlo y capacitarlo? El personal que trabaja en salud es de “altísima precisión” y no es ni para importarlo del extranjero de la noche a la mañana ni para formarlo en unos pocos meses en el INA o en el TEC. Además, la Caja en algún momento, con gran valentía, deberá contarnos por qué hay una migración importante de sus pacientes y de su personal calificado hacia el sector privado. Parte de este estudio ya fue hecho, pero las razones que salieron a la luz pública no fueron convincentes.

Reto aún mayor. ¿Y si dijéramos que los resultados de la investigación en el San Juan de Dios, como es de suponer, serán extrapolables a cualquier otro hospital o centro de salud de la Caja? Más grande aún sería el reto.

Dichosamente la Caja no es un ITCO, una Codesa, un IDA o un Anglo, que se pueden cerrar de un plumazo, mediante una decisión monárquica, dependiendo del humor y los intereses personales de los políticos de turno.

Hay que concluir en qué queremos los costarricenses que se convierta esta Caja que es de todos. ¿En la institución que fue en las décadas de 1970 y 1980, toda corazón y solidaridad, entregada a la atención de primera a los pacientes? ¿O en una Caja –como pareciera haber tomado el rumbo– fría e impersonal, colmada de listas de espera y de EBAIS que nada resuelven, que brinde una atención apenas básica, para pobres, que es el grupo poblacional más desprotegido y sin derecho a quejarse? Si así fuera, ¿qué respuesta se daría al resto de los asegurados que son mayoría y que cotizan solidariamente, al no estar obteniendo los servicios con la prontitud, calidad, calidez y oportunidad que requieren?

Las respuestas subyacen, quizás, en las entrañas del Hospital San Juan de Dios.

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