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EDITORIAL

El contraste Brasil-Venezuela

Mientras Lula cosecha éxitos, Chávez se hunde más en el aislamiento
El realismo debe sustituir a la demagogia como opción latinoamericana


Hace poco más de cuatro años, cuando Luiz Inácio Lula da Silva se convirtió en el primer presidente socialista de Brasil, algunos sectores políticos y diplomáticos hablaron de un presunto “eje” Caracas-Brasilia, producto de la aparente similitud de ideas y proyectos entre Lula y su colega venezolano, Hugo Chávez.

Quienes así pensaban, olvidaron muchas diferencias entre ambos países, presidentes y contextos políticos. Lula había dado sobradas muestras de ser un demócrata, su llegada al poder fue producto de la normalidad del sistema político, su pragmatismo era proverbial, su seriedad, indudable, y su disposición de continuar las líneas básicas de la económica y la diplomacia brasileñas era clara. En síntesis, su llegada al poder fue resultado de la alternabilidad democrática, no una apuesta a la “refundación” del sistema, y su versión de socialismo –democrática, realista y moderna– se acercaba más a los partidos renovados de Europa que al primitivismo caudillista y demagógico de Chávez.

Por todo lo anterior, mientras en Venezuela la tendencia ha sido hacia un poder cada vez más personal, hacia el establecimiento de un “socialismo” autoritario basado en la riqueza petrolera, hacia el disloque económico e institucional y hacia la limitación creciente de las libertades, en Brasil la economía ha crecido orgánicamente, la pobreza continúa disminuyendo, los partidos disfrutan de buena salud y nadie duda de la vocación democrática y la seriedad del Gobierno.

Hoy, Lula es considerado un estadista de talla mundial, y Brasil avanza como una potencia mediana. Chávez, en cambio, se sumerge cada vez más en su fosa petrolera, y su única “visa” para incidir en los asuntos internacionales son su chequera y su antiyanquismo primitivo. Por esto, no extraña que, lejos de constituir un “eje”, Brasilia y Caracas cada vez se alejen más; la primera, por su avance; la segunda, por su retroceso.

En los últimos días, se han producido dos claras señales de esta dinámica. Mientras Lula se desplazaba con todos los honores y el sustento de su país por el seno de la Unión Europea, Chávez regresaba a Rusia para comprar armas, a Bielorrusia para abrazar a un déspota, y a Irán para dar continuidad a una visita muy reciente y, aparentemente, inconclusa. En un caso, el reconocimiento de la centralidad brasileña; en el otro, de la marginalidad venezolana, no por culpa del país, sino de su gobernante.

Para empeorar las cosas, Chávez, quien había anunciado con bombos y platillos su incorporación al Mercosur, donde Brasil y Argentina son las dos grandes puntas de eje, amenazó con retirar su solicitud si los parlamentos brasileño y paraguayo no aprueban su adhesión antes de tres meses. Semanas atrás, se había lanzado en una andanada de insultos contra el Senado de Brasil, por su censura a la eliminación de la frecuencia del canal Radio Caracas Televisión. Sin grandes aspavientos, pero con clara firmeza, tanto el Ejecutivo como el Legislativo brasileños han rechazado sus amenazas e insultos. Como resultado de su hepática actitud, Chávez arriesga un aislamiento mayor, ahora en Latinoamérica, alimentado, sin duda, por la enorme preocupación sudamericana por el creciente armamentismo venezolano y por la falta de lógica y sentido de la llamada Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA).

Mientras esto ocurre de forma tan clara, todavía algunos sectores de nuestra izquierda nostálgica se empeñan en mirar hacia Caracas para recibir inspiración, instrucción y dólares. Harían bien en observar más hacia el sur, a Brasilia, donde sí se ha puesto en práctica un buen modelo de socialismo democrático, responsable y eficaz. Porque, más que quimeras irrealizables, lo que nuestro continente necesita son seriedad, realismo y verdadero sentido de ruta, como Lula está demostrando.

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