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Opinión Arnoldo Rivera arivera@nacion.com Periodista Quienes nos jactamos de tener al menos dos dedos de frente jamás albergamos una duda acerca del final del espectáculo; el cuándo era la única pregunta. Cuentas congeladas y cerradas; impedimento de salida del país; jugadores que desertaron de su lado o están viendo para el ciprés; allanamientos judiciales... Todo forma parte del grotesco final del “ Show de don Matteo”, como le gustaba denominar sus apariciones en público el empresario Quintavalle. Las diligencias legales determinarán la situación del empresario italiano y los alcances de sus acciones, dentro y fuera del futbol. Eso es resorte de los abogados y doctos entendidos en leyes. Queda como saldo, lamentable, la forma como algunos deportistas se encandilaron con las ofertas y promesas de esta persona, aparecida de un día para otro. Simplemente, ¿en qué estaban pensando? ¿De niños sus padres no le enseñaron que no se reciben regalos de extraños? De uno de ellos me quedó la certeza de que lo único que sabe hacer en esta vida –de manera regular– es darle patadas a una bola. Aún confía en la palabra de su patrón..., a pesar de que ayer incumplió una cita con la Fiscalía para responder por los cargos que se le atribuyen en su contra. Vale que el jugador tiene experiencia en la banca para que espere sentadito. También me pregunto de la posición de los periodistas que le sirvieron, sin sonrojo, como voceros. Reflejo. “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”, dijo el pensador argelino Albert Camus. Es cierto: en una cancha, en un juego, en el universo fantástico de un partido de futbol se aprende acerca del comportamiento de los seres humanos. Hoy, desgraciadamente, el tener prevalece sobre el ser: “Tanto tenés, tanto valés”. El futbol es un negocio y, como tal, los futbolistas tienen el derecho, como cualquier trabajador, a buscar los mejores horizontes. Sin embargo, el oropel confunde los sentidos; los cantos de sirena llevan a puertos equivocados; la ambición encumbra pero la avaricia tumba a cualquiera. “Lástima: uno tan pobre y tan de buena familia”, dice un hermano mío cuando se le va el sueldo al tiro de esquina antes de que termine la quincena. Sin embargo, hoy más que nunca sé esto: así se vive y se duerme mucho mejor.
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