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EDITORIAL

El desafío de las ciudades

El crecimiento económico genera urbanización y esta abre nuevos desafíos
Sin descuidar el campo, debemos mejorar nuestra calidad de vida urbana


No tiene por qué sorprendernos el informe difundido el pasado miércoles por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés), según el cual el próximo año más de la mitad de la humanidad vivirá en ciudades. Menos aún extraña que, según esos datos, en Costa Rica el 63% de nuestros habitantes son urbanos.

La urbanización, desde hace siglos, es una tendencia universal. En su parte positiva, se origina en procesos de desarrollo, según los cuales, al aumentar la productividad de las actividades agropecuarias y crecer las oportunidades en las industrias manufactureras y los servicios, se da una natural traslación desde el campo hacia las ciudades. Por esto, en la mayoría de los países altamente desarrollados una pequeñísima proporción de su población es capaz de generar todos los alimentos necesarios para alimentar al resto (y, además, exportar), lo cual implica un gran incremento en su aporte neto a la riqueza nacional y personal. Entre tanto, el resto de los habitantes realiza tareas de mayor valor agregado en los demás sectores, típicamente urbanos.

En muchos países pobres, sin embargo, la emigración del campo a la ciudad no responde, necesariamente, a estos cambios en productividad, sino a problemas de marginación rural, que expulsan población sin que, al llegar a las ciudades, tengan verdaderas oportunidades de inserción productiva y social; tampoco, adecuados servicios. Por esto, muchos expertos señalan que el problema se produce cuando hay migración, pero no absorción. Y esto es, precisamente, lo que ocurre en las más grandes ciudades (o megalópolis) de los países en proceso de desarrollo, como Delhi, en India, São Paulo, en Brasil, Shanghái, en China, o México D. F. El resultado, por lo general, son el caos urbano y enormes presiones y crisis sociales.

En nuestro país las dimensiones de este proceso de traslación humana del campo a la ciudad no ha sido tan agudo. Nuestra actividad agropecuaria se ha diversificado enormemente, en gran medida como resultado de la política de apertura de mercados externos, lo cual ha permitido mantener niveles de empleos relativamente altos en ella, mientras, a la vez, aumenta la productividad. Además, otras actividades, especialmente el turismo y el transporte, han podido desarrollarse en ambientes rurales y han logrado atemperar la migración campo-ciudad. Además, en medio de enormes dificultades y contradicciones, los servicios de educación, salud y agua potable constituyen una red de apoyo crucial para los que menos tienen, tanto en las zonas rurales como en las urbanas.

A pesar de estos atenuantes, nuestras ciudades crecen intensamente. A la migración desde el campo se ha unido la de otros países (especialmente Nicaragua). Y las dificultades de absorción han crecido, con consecuencias como mayor hacinamiento, polarización social, marginalidad y otros problemas. Por esto, el planeamiento urbano y del buen gobierno municipal son vitales para el país. El crecimiento urbano nos confronta con un desafío de múltiples dimensiones; por ejemplo, zonificación y planificación, vías, transporte, oferta educativa y de salud, acceso a electricidad y agua potable, calidad del aire, seguridad, manejo de desechos, apertura de espacios públicos y planes muy claros (y que se respeten) para orientar el futuro.

El desafío es aún mayor en la Gran Área Metropolitana. A su enorme y creciente concentración de población se une un caótico desarrollo, como consecuencia, entre otras cosas, de la ineficaz o nula coordinación entre una diversidad de gobiernos locales que, además, tienen muy pocos recursos, eficacia y capacidad de decisión y ejecución. Sin embargo, y con otras escalas, otros centros urbanos padecen problemas similares.

Se trata, en síntesis, de un tema al que debemos ponerle gran atención, desde todas las esferas, pero, especialmente, las gubernamentales y políticas. Somos, esencialmente, un país urbano. Y sin descuidar el agro, ni desconocer la estrecha vinculación campo-ciudad, debemos fijar en estas últimas adecuada atención, para que el concepto de “calidad de vida” no solo sea un lema, sino una realidad.

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