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Opinión GustavoJiménez gujimenez@nacion.com Periodista Eduardo Li llega a la presidencia de la Federación Costarricense de Futbol gracias a un consenso que, sin embargo, no debe disparar la euforia. Es positivo, sin duda, que su nombre haya concitado el respaldo de ligas con intereses y peticiones muy diversas, que bajo el nuevo modelo de la asamblea podrían caer en la tentación de fraccionar el futbol con apoyo de algún club rebelde de la Primera. No obstante, nada garantiza que llegar cobijado por una amplia base electoral desemboque necesariamente en una buena gestión. El caso de Walter Niehaus, aún fresco, lo demuestra: el exministro parecía una magnífica opción, un outsider de alto perfil diplomático y empresarial que no estaba contaminado por las desgastantes rencillas futboleras. Sus credenciales hicieron que, salvo la suspicacia inicial de Saprissa (aferrado por alguna razón a la continuidad de Hermes Navarro), llegara al sillón presidencial del futbol amparado por una sólida mayoría. El problema es que apenas sonaron los primeros triquitraques salió despavorido, en un puesto que exige coraza de acero para aguantar ciertas críticas y ojo de halcón para filtrar ciertos elogios. Así que el consenso no asegura nada. Más alentadoras podrían ser, en el caso de Li, otras señales. La forma en que se vinculó a la Federación antes de su nombramiento (asistió a varias sesiones del Comité Ejecutivo y participó en toma de decisiones) indica un notable grado de compromiso. Fue coarquitecto de un proyecto exitoso como el Puntarenas FC, acertado a la hora de elegir cuerpo técnico y jugadores. Ha sabido manejar un verbo prudente, sin buscar la confrontación innecesaria, pero con marcados indicios de liderazgo. Y es que, durante años, la cúpula de la Federación de Futbol osciló entre los dos extremos, salvo excepciones: o dirigentes con pulso tembloroso, o prepotentes que se rehusaban hasta a la más básica rendición de cuentas. La propuesta de sistematizar la administración a través del sistema ISO también anuncia estándares de calidad ausentes en La Sabana durante toda la vida. Pero cualquier proyecto será letra muerta si no se acompaña de capacidad de diálogo, ejecutividad y transparencia. Sobre todo transparencia, a raíz de experiencias de los últimos años. Tan solo ordenar una entidad que se manejó siempre sin controles ni mayor regulación sería suficiente legado. A lo mejor hasta ese pueda ser el primer paso en firme en la ruta hacia Sudáfrica.
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