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Enfoque Jorge Vargas Cullell Al diputado Guyón Massey lo agarraron cuando casi tenía las manos en la masa. Le iban a dar ¢90 millones con cargo al presupuesto extraordinario para que amasara masa en su asociación. Digo “su” asociación en sentido literal: él y sus hijos. Al hacerse pública la partida, el Gobierno se echó para atrás. Recordé mi viejo libro de primer grado, el famoso Paco y Lola : Mamá amasa la masa, ¿qué amassey Massey? Massey dice que él no pidió la partida, sino que se la ofrecieron. ¿Acaso eso importa? Bien estirada tenía la mano para recibir la platica. Durante varios días, nadie en el Gobierno sabía nada; ahora, el Ministro de Hacienda dice que él es el responsable del presupuesto y que le quitará la massey a Massey. Bien por Don Guillermo, pero, desde el punto de vista del control ciudadano, la cosa no termina ahí: ¿quién fue la mano peluda que introdujo esa partida? ¿Para qué darle massey a Massey?, ¿hay más massey para otros? El detalle es importante. Ahora que se descubrió el juego, es lógico que Massey se quede sin massey. Pero, si no es porque otros se dieron cuenta, ahí estaría calladita la partida en el presupuesto. Para algunos pareciera que el error que cometieron Massey y su anónimo benefactor (la mano peluda) fue que los agarraran con las manos en la masa. Para mí, no: el error fue darle la massey a Massey. Alguien podría decir: “Varguitas, no sea majadero, la política es así: Massey amassey la massey porque todo voto es necesario para una mayoría legislativa”. De acuerdo con que el episodio es cosa menor y en cinco años quizá ni nos acordemos de ese diputado. No voy a rasgarme las vestiduras, pero deseo plantear dos cuestiones. La primera es de conveniencia: en este ambiente de desconfianza ciudadana con la política, ¿para qué jugar de vivos? Si el Gobierno quiere amarrar el voto de Massey, debe haber oportunidades para impulsar sanos proyectos de interés público. ¿Para qué exponerse a que los pillaran con las manos en la massey? Segunda cuestión, de fondo: seguimos en pañales en materia de la racionalidad, transparencia y rendición de cuentas de los presupuestos públicos. Digan lo que digan, no sabemos muy bien qué entra y sale de ellos y las capacidades de evaluación son débiles. Por quinta vez consecutiva, la Contraloría General de la República no puede certificar los resultados de la ejecución presupuestaria de un gobierno. Un presupuesto es la casa de máquinas de un Estado fuerte y eficaz; por ello, no solo es importante que no se nos cuelen muchas masseys como las de Massey, sino que sepamos el qué, para qué y el qué se logró con los recursos públicos.
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