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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com El líder, el estadista –y, en general, la mujer o el hombre de valía, esto es, con valores– se mide en el triunfo o en la derrota. En el triunfo, la humildad; en la derrota, la grandeza de espíritu. Hasta el futbol es un buen espejo para conocer a unos y a otros. Ayer fue uno de esos días. La Sala Constitucional habló. Desde esta perspectiva democrática, en verdad no debe haber victoriosos ni derrotados, sino partícipes en otro torneo de la institucionalidad democrática que, en definitiva, es la genuina ganadora, aunque el resultado hubiera sido diferente. Ya habrá tiempo para adentrarnos en el contenido de la sentencia, para estudiarla y nutrirnos de ella, no para desdeñarla y, mucho menos, para conspirar contra la institucionalidad democrática. Habrá algunos políticos, sindicalistas o profesionales que clamarán por una guerra santa. De todo hay en la viña del Señor. Lo vienen haciendo desde abril del 2004 en la fatídica reunión en el Melico Salazar. Lo insinuaron algunos en la elección pasada, en febrero del 2006, y lo han repetido en numerosos artículos y proclamas. Si quieren seguir por esta senda, allá ellos. Pero bien harían en detenerse y en pensar si la táctica de la inmadurez y del berrinche tiene algún sentido. El pueblo siente, ve, oye y juzga. Un demagogo o embustero lo puede engatusar, pero, tarde o temprano, la jarana le sala a la cara. ¿Quién no ha sufrido algún traspié de esta naturaleza? ¿Quién no ha escuchado alguna vez voces de sirena? La lección nos viene, por ello, de Ulises, quien, costeando la isla de las Sirenas, entrevió el peligro en la delicada música con que estas atraían las naves que, luego, se estrellaban en los escollos de la isla, donde los náufragos eran devorados. Ulises recordó el consejo de Circe: llenar de ceras los oídos y hacerse atar al mástil del navío para atravesar el paraje tentador. Así llegaría sano y salvo a la casa de Penélope en Ítaca. La demagogia, el populismo y la soberbia son música maldita. Si el político se deja encantar por estos antivalores, termina devorado por sí mismo. Para salir bien librado debe, entonces, clausurar con cera sus oídos ante el acoso de la mezquindad, propia y ajena, y abrir su alma a la grandeza para retomar el vuelo y solicitar, con autoridad moral, el favor del pueblo. Hay mucha mezquindad, celos, rencores e inmadurez en la política nacional y en sectores llamados a ver la luz y a darnos luz… El aire se ha enrarecido y, por ello, la ocasión es propicia para comprobar quién es quién, pues el mundo y la historia siguen. ¡Ítaca a la vista!
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