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En Guardia Jorge Guardia jguardia@nacion.com El círculo de economistas adscrito a la Academia de Centroamérica se recogió por varios días en el Monte de la Cruz para reflexionar sobre la agenda económica pendiente. Ahí, entre aire puro, cipreses y celajes, se despuntaron los ejes iniciales del Consenso de la Condesa, cuyo contenido se difundirá y discutirá eventualmente con los principales actores políticos, académicos y medios de comunicación. A juzgar por la diversa filiación política y la calidad de los integrantes (Eduardo Lizano, Luis Mesalles, Telmo Vargas y otros cuates de similares quilates), el consenso parece muy prometedor. Hubo acuerdo en que el diagnóstico de la realidad nacional elaborado por los críticos del statu quo parte de una premisa equivocada: que los problemas económicos y sociales surgen del modelo de desarrollo basado en la libertad y libre funcionamiento del mercado. La verdad es otra. Las causas yacen en las insuficientes competencia y libertad para potenciar el espíritu emprendedor y mejorar la asignación de recursos. El mercado ha estado encadenado por un Estado poco eficaz y anquilosado. La respuesta es más mercado y mejor Estado. El consenso pretende lograr varios objetivos: convertir el errático crecimiento natural del PIB en una fuente sostenida de empleos y salarios sin renunciar a la estabilidad ni dejar de combatir la pobreza y la mala distribución, crear un entorno favorable a la inversión nacional y extranjera, y abatir las causas de la volatilidad del IPC, tipo de cambio y tasas de interés. Para lograrlo, tuvieron el valor de esbozar ideas muy osadas, ausentes del panorama actual: liberar todos los mercados productivos y de consumo para desencadenar la eficiencia e incrementar la producción; combatir la pobreza (sin demagogia) y mejorar la distribu- ción de oportunidades. Se propuso convertir a Costa Rica en una gran zona franca y extender sus beneficios a todas las empresas y personas productivas; sustituir el impuesto de renta actual por un flat tax ; generalizar la apertura comercial (unilateral); liberar el mercado cambiario; sustituir la política monetaria por inflation targets y liberar (selectivamente) otros mercados para maximizar las ventajas comparativas (laboral, servicios públicos y privados, monopolios estatales); garantizar la inversión en infraestructura y estimular otras formas alternativas de suministrar educación, seguridad y salud para proteger a la población. Si se hiciere, el dinamismo de la economía interna y su integración al esfuerzo exportador serían impresionantes, cuantitativamente más poderosos –en mi opinión– que todas las iniciativas juntas propuestas anteriormente, incluyendo el TLC.
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