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Foto Principal: 1130096

Angelitos gordos en la Hondura

Revivir la vegetación es proceso lento, y hay que esperar décadas para ver renovarse el bosque

Rafael Ángel Herra
Filósofo

Igual que los volcanes, la Hondura es un gran detalle del paisaje cotidiano. ¿Quién no ha visto en la cordillera esa hendidura con forma de cuarto menguante acostado por donde soplan las nubes del Caribe? Es como si los alisios, a su paso lento y despiadado, conspirasen para desgastar la montaña rozándola sin descanso y abrir un canal entre los cerros con el único fin de arrojar la furia de las tormentas contra el valle. Pero no te espantés, querido lector. Una vez allá, la naturaleza es piadosa y no hará más que echarte un aguacero encima, si vas de excursión por esos montes en época de lluvias. La Hondura es una meta excepcional de toda salida de caminantes en Costa Rica.

Itinerario. La excursión empieza en San Jerónimo de Moravia. Este punto de partida tiene la ventaja de que no hay que ascender ni descender demasiado y, al final de los 16 km de ida y vuelta, no estarás tan molido como en otras rutas. Al principio, se sigue la carretera por unos cuantos kilómetros hacia al Parque Nacional Braulio Carrillo.

La caminata que inspira esta crónica coincidió con la celebración del Corpus Christi. Había altares improvisados con flores y cintas, y dibujos celestiales en el pavimento. A poco de subir la primera cuesta, nos cruzamos con la procesión que, como casi siempre en los pueblos, es muy piadosa. Cosa extraña: el Corpus Christi parecía haber empezado en el bosque…, cual lamento de oraciones por los pecados cometidos contra el corpus naturae . De regreso, ya solo quedaban los restos de la festividad. Al contemplar el paisaje, conforme se avanza, se irán manifestando las ondulaciones suaves de la montaña. El monte Zurquí se eleva a la izquierda. La Cordillera y el Poás, desde ese ángulo, parecen comprimidos. A la derecha se perfila San Isidro de Coronado.

Foto Flotante: 1647339

Contraste. Casi sin previo aviso termina la calle de asfalto y empezás a caminar por la calzada de piedras. Se trata del famoso camino al Atlántico iniciado por Braulio Carrillo, pocos años después de la Independencia, para unir las ciudades del Valle Central con el Atlántico. Pasará casi siglo y medio hasta la construcción de la carretera actual, a través de la reserva del Parque Nacional, en una decisión que pone en crisis el obligado balance entre ecología y necesidades económicas. La carretera corta el bosque en dos partes, y nadie pensó en construir puentes biológicos entre ellas. No se saben aún las consecuencias, quizá lamentables, de esta segregación, sobre todo en la fauna, más aún si se tiene en cuenta la ausencia de corredores biológicos que enlacen entre sí los principales parques de bosque primario y las áreas de protección hidrológica.

Patrimonio de interés histórico, la calzada de piedra, en parte vía pública, resiste aún el paso de vehículos motorizados. En algunos tramos se conserva a la perfección. En otros parece desgranarse, por la violencia del uso y la erosión pluvial. Es preciso llegar a la entrada del parque y adentrarse en él para verla en mejor estado. Un detalle digno de observar es la franja de bosque en recuperación colindante con la parte más espesa del Parque. Qué mejor observatorio: revivir la vegetación es un proceso arduo y lento, y hay que esperar décadas para ver el bosque renovarse entre los charrales. Ahí mismo, al lado de la ruta de piedra, se halla una ermita consagrada a monseñor Thiel. Fue la vía del exilio, cuando los liberales de fines del siglo XIX lo expulsaron, junto con los jesuitas. Hay una placa conmemorativa y un techo más o menos conservado donde se puede descansar. A unos paso de ahí también reposan en abandono de herrumbre dos viejos camiones. Aunque fueron útiles en los tiempos postreros de la construcción de la calzada, es difícil imaginar cómo pudieron llegar hasta esas alturas sin saltar hechos trizas.

Reino natural. Los pasos siguientes se pierden en el bosque, por la vereda empedrada. Te acompañan los jilgueros, insistentes, plenos de registros, en canto de gloria al reino natural y al gozo de vivir. Más allá se escuchan las chicharras, desesperadas por reventar en coro. El excursionista podrá ver, o más bien sentir, pequeños cambios en la vegetación, incluso en los matices del verde. Metros atrás se cruzó la línea divisoria entre las aguas del Pacífico y las del Caribe. Por tramos, la vereda, casi ahogada por la vegetación, serpentea junto a abismos profundos, frondosos y a veces inundados por el misterio de la neblina, hasta descender al río Hondura. La corriente veloz, cristalina, va fugándose entre piedras reverdecidas por la humedad, como si fueran el eco de los árboles cargados de todas las bromelias. El agua fresca anuncia, por sí misma, las maravillas del mundo recién hecho.

Regreso. Pero hay que regresar. Y el regreso arrastra un poco de nostalgia, aunque te caiga la lluvia encima mientras caminás bajo los árboles inmensos. Más adelante, en San Jerónimo, los angelitos gordos pintados en el pavimento parecen despedir a los excursionistas, al menos este día de Corpus Christi.

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