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Opinión Roberto García rgarcia@nacion.com Periodista Me amarro bien las tenis, me pongo una camiseta y, por supuesto, la pantaloneta. Procedo a “cofalear” mis rodillas de cáscara de huevo, abro el portón de mi casa, pongo el cronómetro en cero. ¡Y a caminar! Muy pronto empiezo a sufrir por el relieve disparejo de las aceras del barrio. Uno va caminando tranquilo y de pronto, ¡zas!, un hueco, un ladrillo mal puesto, un medidor salido, un alambre levantado, cualquier obstáculo le provoca un cimbronazo que sube desde el mismo talón hasta las calzas de los dientes. Si avanzo sobre el cordón del caño, olvídese, además de las alcantarillas sin tapa, hay una baba tan resbalosa que bien puede uno ir a dar al suelo con todo y su pinta de deportista y lesionarse el “pie de atleta”. Pero, bueno, paso tras paso y uno que otro tropezón, ya llevo 15 minutos. Hace un buen rato dejé atrás la esquina de mi casa. Uso una gorra por aquello del sereno (porque mi caminata es nocturna), y también con el fin de pasar inadvertido, no vaya a ser que alguna de las vecinas tan bonitas que viven por aquí, sufra un ataque de risa al verlo a uno tan aplicado. La gorrita es azul (de Alemania 2006); mi camiseta tiene el rótulo de una ferretería y la pantaloneta es como de un color “perro corriendo”; las tenis grises (eran blancas) y las medias son de cualquier tonalidad. No hacen juego con nada, pero ¡A quién le importa lo que yo haga, a quien le importa lo que...! Entre la acera y el caño, en ocasiones me la juego por el borde de la calzada, pero rápidamente vuelvo a la acera porque los carros pasan disparados y ya se sabe que el tico al volante no responde, ¡ni pelota ni chichota!, por la vida de ciclistas ni transeúntes. Poco a poco. Media hora. ¡Y sigo tan campante! Es cuestión de incrementar gradualmente el ritmo, sin obligar las pulsaciones del corazón, así como me ha explicado mi buen amigo, el cardiólogo Asdrúbal Cortés. El deporte es un estímulo que se palpa en el sudor de la camiseta. Hay una incomparable sensación de liviandad que se adquiere conforme el cuerpo se acostumbra al ejercicio. Si bien es cierto que no ha operado milagros en mi figura, eso no parece tan importante, como sí lo es descubrir, al aspirar el aire de una noche fresca y transitar sobre la alfombra de flores caídas de un roble sabana, que caminar es vivir y que el derecho de sentirse bien… ¡es gratis!
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