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/LA NACIÓN

El veredicto del pueblo


Óscar Arias
Presidente de la República

Es cierto que el tiempo es el juez más implacable de todos y sus sentencias son, probablemente, las más neutrales, desapasionadas y veraces de todas. La historia, llegado el momento, juzgará todos los actos de mi vida política, y los juzgará sin ningún interés, sin sacar provecho alguno de los intentos por insultarme o por elogiarme.

Por eso no le temo a ese momento porque sé que, cuando llegue, seré juzgado por las acciones que impulsé y la intención con que serví a mi país; seré juzgado por las políticas que adopté y los logros que a partir de ellas obtuvo Costa Rica. No entrarán en la balanza de la historia los rumores ni la intriga, ni entrará el encono ni la envidia, no entrará la mentira ni el engaño, no entrará el prejuicio ni el insulto.

Hay quienes, sin tener ningún asidero en la lógica y la razón, se han permitido hacer afirmaciones temerarias en torno a mis decisiones políticas. Recientemente, por ejemplo, alguien ha sugerido que yo podría tener intereses personales en el establecimiento de relaciones diplomáticas con China. No me preocupan estas afirmaciones. En primera instancia porque conozco muy bien el enorme interés, ese sí personal, que tenían algunos en el mantenimiento de nuestra relación con Taiwán. Y en segunda instancia, porque estoy seguro de que la historia juzgará positivamente mi decisión, como también creo que juzgará como acertado el traslado de la embajada de Israel, de Jerusalén a Tel Aviv.

Soberanía y ética. Tengo 37 años en la función pública y me siento orgulloso de haber practicado siempre una política de dignidad y transparencia. Me siento orgulloso, también, porque mi desempeño, además de transparente, ha sido beneficioso para el país. Porque no basta con gobernar limpiamente, también hay que gobernar bien y con sabiduría. Yo puedo decir con certeza que en mi primer gobierno no hubo ningún escándalo de corrupción, puedo decir con certeza que en mi primer gobierno sí defendimos la soberanía y la neutralidad costarricense, puedo decir con certeza que en mi primer gobierno creció la producción y se redujo la pobreza y el desempleo, puedo decir con certeza que en mi primer gobierno disminuimos la enorme deuda externa que heredamos, lo que nos permitió evitar la crisis que azotó la región. Y puedo decir, también con certeza, que esta segunda administración no será diferente.

Todo esto lo digo porque existe actualmente en nuestro país toda una corriente de “revisionistas”, de personas encargadas de reinventar los hechos que han ocurrido en el pasado, tal vez con la intención de que la historia sea menos dura con ellos. Dice la sabiduría popular que “a río revuelto, ganancia de pescadores”: sé muy bien que hay quienes quieren agitar las aguas pasadas, para emerger de ellas limpios y purificados, como paladines de la defensa de la soberanía de Costa Rica y de la búsqueda de la justicia. Yo no necesito hacer eso. Yo no necesito andar hurgando en el pasado de otros para redimirme en el presente. Yo no necesito reinventar mis actos de ayer, para encontrar apoyo a mis posiciones de hoy.

El pueblo costarricense ya me juzgó, a mí en lo personal y a mi gestión; y su veredicto lo dio el 5 de febrero del 2006, cuando me hizo el honor de reelegirme su presidente. Ese es un privilegio del que dudo puedan gozar algunos, y es para mí mucho más importante que las proclamas estridentes de quienes quieren sembrar la duda y la sospecha, para ver qué cosechan del escándalo. Parafraseando una canción de Serrat: “Dios y mi canto saben a quiénes nombro tanto”.

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